miércoles 19 de octubre de 2011

La Dimensión Ético-Política y las Elecciones

Por Víctor Spinelli

El miércoles 18 de octubre tuve la posibilidad de asistir al VI Foro de Psicología y Educación, organizado por la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, y que tuvo lugar en la Escuela Superior Normal Nº 1 en Lenguas Vivas “Roque Sáenz Peña”. El tema central del encuentro fue el entrecruzamiento entre Política, Curriculum y Educación, cuestión muy vigente en nuestros tiempos, a pocos días de las elecciones presidenciales. La primera ponencia, a cargo de Juan Jorge Michel Fariña, encaró la cuestión de la educación en su Dimensión Ético-política. Me gustaría, en este caso, rescatar muy brevemente algunas ideas de esta presentación y hacer algunas reflexiones a partir de ellas.

Retomando algunas ideas del filósofo francés Alain Badiou y los consiguientes desarrollos del historiador y filósofo argentino Ignacio Lewkowicz, podemos decir que, dado un Universo determinado y aparentemente completo, absoluto, sin agujeros - una Ley, o una normativa cualquiera, por ejemplo –, se hace prácticamente inevitable la aparición de subdivisiones con respecto al mismo que darán cuenta de la aparición de lo que podríamos llamar Particularidades – por ejemplo, aparecen aquellos que creen que tal artículo de la normativa quiere decir una cosa, y los que creen que quiere decir lo contrario, lo perfectamente opuesto -. Lo característico de estas ‘particularidades’ es que se presumen a sí mismas completas, la particularidad asume la identidad del Universo, lo Particular se cree Universal. Como habrán visto, es común que la opinión de alguien con respecto a cualquiera tema sea tomada por ese alguien como la verdad última y absoluta sobre el tema que se discute. Y está claro que, en estos términos, no se puede avanzar mucho más allá de la puesta en común de opiniones. O, peor aun, el ‘paso más allá’ viene a estar dado, en algunos casos, por el trompazo, que no hace más que poner de manifiesto una trabazón indisoluble, al menos en ese nivel, dado lo absoluto y mutuamente excluyente de los términos en juego. Estamos frente a un dilema, como tal, imposible de resolver por las vías de la moral, del cumplimiento a rajatabla de la normativa (siempre de naturaleza interpretable, por otra parte, lo que hace la tarea aun más dificultosa), eligiendo una u otra opción de las disponibles al interior del Universo, y expresadas en la forma de Particulares ¿Cuál es, entonces, la salida? Dejemos planteada la pregunta.

En pocos días los argentinos estaremos eligiendo a quienes deberán – deberían – cumplir con la obligación de representarnos a nivel Ejecutivo y Legislativo durante los próximos cuatro años. La lucha entre candidato y candidato y entre militantes de diversos espacios es encarnizada, absoluta, excluyente, y en varios casos se ha llegado a las trompadas. Ahora bien, de suponer que la lucha de la que hablo se está dando en el terreno de la Política, estaríamos cayendo en un grosero error de apreciación. Voy a explicarme: Si tomamos el esquema planteado más arriba e intentamos aplicarlo a la estructura de la lucha electoral nos encontramos con un Universo que podríamos llamar ‘estructura partidaria’ en el cual sus subdivisiones, Particularidades que podríamos llamar ‘partidos políticos’ se encuentran en pugna, en un debate en el que lo que prima no es otra cosa que la ideología. De más está decir que desde todos los lugares se cree tener la razón, e incluso espacios con discursos manifiestamente cercanos – cuando no idénticos - entre sí se esfuerzan desesperadamente por diferenciarse unos de otros. Y bien, en este orden de cosas se hace evidente que la discusión no tiene más futuro que su presente.

Cuando lo que prima es la Ideología como armazón absoluto, la Política como expresión original y como espacio natural de debate no tiene lugar. De la misma manera, cuando lo que prima es la Moral, el acatamiento de la regla o del juicio de valor que determina ‘lo que está bien’ versus ‘lo que está mal’, como única manera posible de abordaje, la Ética como instrumento que introduce la novedad por fuera de todo cálculo queda fuera de juego. En otras palabras, lo que está en juego es el entrecruzamiento entre el ‘saber hacer’ según las reglas del arte, según la norma, según lo que está bien y lo que está mal, según el manifiesto partidario y el ‘saber-hacer-ahí-con’, es decir: la importancia de la situación Singular, de ese contexto como condicionante del hacer.

En psicoanálisis hablamos del Sujeto como singularidad, y por eso somos tan rehaceos a la standardización, la numeración, la búsqueda de la regularidad. Es que en la clínica psicoanalítica, lo que nos importa no es lo que ese tipo o tipa que habla delante de uno o tirado/a en el diván tiene en común con el resto de la población, o qué quiere decir para los manuales o el sentido común una palabra o frase determinada, o qué efectos debe tener, según lo que le pasa al resto de los tipos o tipas, una separación, una pérdida o una uña rota. Lo que nos interesa es esa historia, la de ese sujeto, la significación que él da a sus vivencias, palabras, frases, los efectos que en él tiene esa separación, esa pérdida o la rotura de esa uña. Y todo esto, en la clínica, ocurre en un lugar y tiempo, - vale decir: en un contexto - bien circunscritos, que se puede sintetizar con una palabra: la sesión. O, mejor: la situación analítica. En esta línea, la intervención del psicoanalista se apoya en este material, con la intención de abrir un espacio, un agujero, una interrogación. La intervención se apoya en la Ética y como tal, apunta a la sorpresa y consiguiente apertura que genera el sinsentido y, desde allí, a la novedad, al movimiento.

La Ética, como la Política, tiene lugar en el momento en que surge lo no-calculado, lo espontáneo, que sorprende y lanza la pregunta expandiendo así el Universo hasta ese momento posible, dado que se ha introducido una opción no prevista. La Moral, la ideología, por su parte, se mueven en el terreno de lo dado, de lo acatable, de lo estanco, literalmente: al pie de la letra, y sin riesgos. El truco está en no sólo ‘saber hacer’, sino en, además, que este ‘saber hacer’ sea ahí-con. Y no es casual que Jacques Lacan exprese que, en la dirección de la cura, existen tres niveles a tener en cuenta: el de la Táctica, el de la Estrategia y el la Política. Cada uno de estos niveles implicará diferentes grados de libertad para el psicoanalista: La Táctica será el de mayor libertad, en tanto se trata de la intervención como singularidad, única; la Estrategia tendrá un menor grado de libertad, en tanto se trata de una especie de plan a largo plazo que consiste en la transferencia (tema para otro artículo). Finalmente, la Política será – para el analista - el nivel en el que se contará con menos libertad dado que, como condición de posibilidad de los otros dos niveles, se identifica con la Ética: saber-hacer-ahí-con. Lo que siempre digo: callarse la boca y escuchar será lo que nos dará la pauta para saber cuándo hablar y qué decir... y que no.

Política y Ética se encuentran, entonces, íntimamente emparentadas, siendo condición de posibilidad de Estrategias a largo plazo que, a su vez, condicionarán las Tácticas utilizadas en cada momento. Siguiendo este pequeño esquema podemos deducir que en las Tácticas se puede leer la Estrategia, y que esta dará cuenta de la Ética, del tipo de Política en que las primeras se sostienen.

Por lo tanto, queridos amigos, si queremos dar el debate político, mejor que elijamos de manera responsable. Porque, y esta sorpresa la dejé para el final: La Ética, la Política es responsabilidad. Quiero decir que con nuestra elección de este domingo seremos responsables no sólo por sentar a fulano o mengano en el sillón de Rivadavia o en una banca en el Congreso para después aplaudirlo por sus aciertos o apedrearlo por sus errores, sino también de cada una de sus acciones, incluidos sus aciertos... incluidos sus errores.

lunes 17 de octubre de 2011

A un año del rescate de los 33 mineros - Entrevista

A un año del rescate de los 33 mineros chilenos que quedaran atrapados durante 70 días bajo las ruinas de la mina San José, a más de 700 metros de profundidad, y ante el inevitable re-avivamiento del show mediático, cabe preguntarse ¿cuáles son hoy, en la piel de los protagonistas, las consecuencias del desafortunado episodio?

Comparto la entrevista que me realizó sobre el tema Geraldine Murisasco para el programa radial "Estamos de Regreso", que sale por Radio UBA (online o FM 87.9) de lunes a viernes a partir de las 16hs.




jueves 1 de septiembre de 2011

No más que preguntas. Candela Rodríguez... y algunos cientos más.

Por Víctor Spinelli

Hoy no escribo para hablar de psicología ni de psicoanálisis, aunque es cierto el tema da mucha tela para cortar. Quizás con el tiempo, a la distancia, sea más fácil. Hoy escribo para hablar de actualidad y, sobre todo, para invitarlos a reflexionar para que, entre todos, podamos comprender mejor qué es lo que está ocurriendo.

Quiero hablar sobre una actualidad que no entiendo, una actualidad que cada día me parece más inconcebible, aunque muchos parecieran comprenderla perfectamente. A decir verdad - y entre nosotros -, las explicaciones no me convencen ni un poco. No soy fácil de satisfacer. Además, hoy, sería de una profunda irresponsabilidad darse por satisfecho.

Candela Rodríguez
Ayer, luego de 9 días sin noticias, encontraron a Candela Rodríguez asesinada brutalmente, su cara desfigurada, su cuerpo abandonado en un baldío, dentro de unas bolsas de residuos. Candela tenía 11 años, y había desaparecido el lunes 22 de agosto cuando se dirigía a un encuentro con su grupo scout. Nunca llegó a su destino.

No surgen más que preguntas ¿qué está pasando? ¿qué NOS está pasando?. Creo prudente que así sea: Intentemos, por una vez, plantearnos preguntas. Lacan decía que nosotros, los psicoanalistas, estamos para alojar a aquellos desdichados que se hacen preguntas. Y, en efecto: hacerse preguntas lleva en muchos casos a la desdicha, al menos cuando las preguntas tocan algo de lo real, algo que importa, cuando ponen en juego una verdad inabarcable, intratable por el lenguaje más cotidiano, más irreflexivo, aquel del sentido y los lugares comunes, los proverbios, las frases hechas. Se entenderá, pues, que este artículo parezca no llevar a ningún lado, no decir nada... Hoy no hay más que preguntas y desdichados sujetos preguntando, preguntándose: ¿Qué está pasando? ¿Qué NOS está pasando? A pesar de las apariencias, si se logra dar a estas preguntas todo su valor la ganancia será, en todo caso, inconmensurable. Preguntarse hace bien, aunque duela. 

Como el de Candela Rodríguez existen cientos de casos que no salen a la luz, o que si lo hacen, no tienen semejante trato mediático. En muchos casos - y no sería raro que este corra la misma suerte - los hechos son condenados a la amnesia voluntaria en pocos días. Después de todo ¿Qué importa? ¿Qué NOS importa? ¿Nos toca? Hoy todos lloramos a Candela, mañana tenemos que pagar la tarjeta de crédito. Debemos volver al funcionamiento maquinal.

Es probable que en los próximos días cientos de librepensadores, intelectuales, profesionales, etc., intenten hacer un perfil del caso y del o los asesinos, tentando explicaciones de lo ocurrido manoteando la perversión, al goce, la psicopatía. Ya he escuchado a algún especialista, al referirse al llamado extorsivo que todos escuchamos,  hablar de la voz como medio de dominio y del goce sádico asociado a dicho dominio. Van a salir varios más. Por mi parte, la experiencia me ha llevado a desconfiar, o al menos a ser prudente, con los tipos que no tienen más que respuestas, aquellos que nunca se hacen preguntas.

Mi propuesta - es una propuesta, aunque recomiendo asumir el riesgo -, entonces, va a ser otra: la de pensar, reflexionar, PREGUNTARNOS, qué NOS está ocurriendo a cada uno de nosotros, cuál es nuestra responsabilidad como ciudadanos pero, sobre todo, como sujetos en todo esto, en esta realidad, en los tiempos que estamos viviendo como sociedad.

lunes 4 de abril de 2011

Psicoanálisis: de elites, distorsiones, responsabilidades y palabras raras

Por Víctor Spinelli

Si de algo se lo ha venido acusando al psicoanálisis (entre taaaantas otras cosas) es de ser una teoría elitista, sobre todo en lo relativo al lenguaje que utiliza para transmitir sus conceptos. Este débil razonamiento se apoya en que si una teoría usa un lenguaje “complicado”, no es accesible a todos, sino sólo a una élite que pareciera entender ese lenguaje tan ajeno a la humanidad, como si todo el que  lo utilizara de manera más o menos adecuada hubiese nacido hablando raro, y con una capacidad extra sensorial para entender a Freud o a Lacan, u otros referentes: ser psicoanalista- parece- es innato.

Esto resulta interesante: lejos de criticar la teoría como tal (sus conceptos, sus vías alternativas, sus vueltas, sus fundamentos), se critica su estilo “complicado”, “difícil”. Podemos deducir, quizás, que quien critica el estilo, no ha llegado al punto de revisar la teoría ¿cómo hacerlo si se queja de no entender lo que lee? Paréntesis: sería muy positivo que esta queja básica no apuntara a defenestrar la teoría, sino que partiera de un genuino interés por entenderla, y a partir de allí elegirla o desecharla.
Sin embargo, a pesar de que la crítica me parece liviana, además de ser una escapatoria fácil y rápida, voy darle algo crédito: existen psicoanalistas que, una vez adquirido cierto lenguaje técnico, parecieran quedar atrapados en una especie de burbuja tecnicista… pero ¿no ocurre esto con toda disciplina con un lenguaje técnico específico? Igual: no quiero caer en la justificación fácil.

De todas maneras, están aquellos que se cubren de esta dificultad de la siguiente manera: no se puede explicar de otra manera: se trataría de una vulgarización innecesaria y que se alejaría de la teoría verdadera: hay palabras que no se pueden reemplazar (Por mi parte, leí en algún lado que entender es poder explicar con las propias palabras). 
Los detractores, por su parte –con eterna esa voluntad anti-aporte –, aprovechan el agua para su molino: “si no todos lo pueden entender, no es para todos”… confundiendo el lugar del profesional con el del lego, como si no hubiese que formarse largos años para entender determinadas cuestiones (¡entendámoslo de una bendita vez!: hay posiciones en las cuales lo innato no puede evadirse)... y como si, aun así, no ocurriera que muchos que se forman durante largos años salen sin haber entendido nada.
De todas maneras, todo sujeto tiene en sus manos la posibilidad de adentrarse o no en determinada disciplina, sin que tenga por esto que convertirse en profesional. Lo problemático no es lo que el lego – el “no iniciado”- haga con lo que escucha o lee sobre una teoría, sin haber profundizado debidamente en ella. Lo que me parece más importante es lo que hace con los conceptos de la disciplina quién, efectivamente, se forma en ella: Es aquel, en definitiva, quién ejercerá la profesión; no quien lo vaya a consultar. Entonces, me gustaría separar las cosas, sobre todo cuando no son lo mismo.

Por un lado, tenemos este "efecto de vulgarización", atribuido a la bajada de los conceptos técnicos específicos a un lenguaje coloquial, por decirlo de alguna manera. Disiento con que esto constituya una vulgarización en el sentido peyorativo del término: Lo vulgar no en sí negativo… en todo caso: es poco elegante. Disiento principalmente por dos razones:

Primero, no creo que esté mal intentar bajar conceptos que muchas veces son en sí mismos complejos y difíciles de abordar, sobre todo cuando uno no está en tema, pero incluso cuando uno está en tema: incluso quién se forma en psicoanálisis fue en algún momento un completo ignorante en la materia, como todo: nadie nace sabiendo, y como acá se viene perfilando, además de las intenciones que pueda tener un autor con su estilo, también sabemos que la cuestión de "lo complicado" tiene un componente subjetivo del que intenta entender lo que lee: a veces no es que “tal escriba o hable complicado”: a veces -sólo a veces- pasa que “tal no entiende lo que lee, por más simple que sea”. (¿también será innato?)

Entonces, no me parece mal que se baje a lo coloquial, dado que, por otra parte, lo complejo de ciertas cuestione teóricas mal entendidas por no ser debidamente explicadas y despejadas, derivan muchas veces - las más de las veces- en prejuicios infundados, o peor: únicamente fundados en el malentendido… Y ¿cómo hacer entender que siempre se trata de un malentendido sin caer en la propia trampa?
De todas maneras, no se trata de convencer a nadie de nada. Ya lo dijo Dolina: “quien trata de convencer en media hora, no intenta convencer, intenta intimidar” 

Segundo punto: Siempre – y no tengo dudas al respecto: siempre - que aparece una teoría revolucionaria, que conmueve los paradigmas de la época, sus conceptos fundamentales suelen traspasar los límites de su ámbito, y terminan por instalarse en la sociedad, asimilándose con el tiempo a la cultura.

En este sentido, pensar esta supuesta vulgarización de los conceptos psicoanalíticos, nos puede hacer pensar en lo revolucionario del trabajo de Freud. Si la teoría no tuviese importancia alguna, no saldría de su bunker elitista. Pero esta un arma de doble filo: puede dar lugar al malentendido del que hablé arriba, por el efecto "teléfono descompuesto". Aunque, repito, esto no creo que sea un gran problema. "La gente" no es la que tiene que estar sentada frente a un paciente y velar por su salud mental: esa parte le toca al profesional, y por lo tanto, su formación es la que importa.

Lo que creo realmente grave no es esa supuesta vulgarización lega, del discurso cotidiano, de ese abstracto que algunos llaman "la gente". Lo que más bien me preocupa es la tergiversación: la desfiguración o interpretación errónea, lo cual ocurre, históricamente, cuando quien intenta formarse, o fundamentar una crítica, en su atolondramiento, no se toma el tiempo para revisar y analizar lo que se lee.
Volvamos al caso de los profesionales, que es el caso que debe ocupararnos, porque se trata de los encargados de tratar con la salud mental, y una distorsión de la teoría o de la técnica, decantan en todo caso en la distorsión de la praxis, y viceversa.
A esto hay que prestarle atención dado que aquel que, como "profesional que sabe" se convierte en referente sobre la cosa, en caso de distorsionar la teoría, estará refiriendo las cosas de manera errónea.

Están también quienes justifican: "escribo complicado para que no se me tergiverse". Lacan  era un caso y, curiosamente, en este punto era más claro y categórico que Freud.
Freud era claro, sí... pero también decía: "como no escribo para la clientela, me tiene sin cuidado que no me entiendan". Así y todo, se escuchan quejas sobre Lacan, a la vez que se reclama melancólicamente la simpleza de los textos freudianos. Y bien: si algo ha quedado claro es que, si los textos de Freud son tan simples, muchos han dado y aun dan testimonio de una absurda incapacidad para su lectura, llegando a suponer, por ejemplo al analista como modelo a emular.
Entre nosotros, que no se comente, pero: lo cierto es que Freud es bien complejo, y la tendencia a dejarse fascinar por su estilo ha hecho caer en la ilusión de lo fácil a más de uno.

Así y todo escuchamos que el psicoanálisis, ya desde sus comienzos, reboza de conceptos ambiguos y poco precisos, y que se prestan a adaptarse a cualquier situación de manera tramposa.
Por mi parte, no creo que el problema en Freud tenga que ver con alguna falta de precisión en sus conceptualizaciones. En todo caso: el lenguaje coloquial no es preciso y Freud no era coloquial, sino que refería a las definiciones concretas de las palabras. Además, estaba persuadido de que las mismas son pasibles de ser contextualizadas: que pueden tomar diferentes significados según el contexto, por lo que en todos los casos se encargaba de dejar bien en claro el uso que haría de este tesoro llamado "palabras".

Cuando Freud comienza a hablar de la sexualidad del niño, se mete automáticamente en un terreno ya de por sí delicado: ¡¿cómo va a decir que los niños tienen sexualidad?! Los puristas suelen estar seguros de que la moral es natural en la especie humana (otros innatistas)... y por ahora no me voy a meter con la hipocresía erótica del Siglo IXX. Cuando Freud dice, por ejemplo, que la sexualidad del niño es perversa y polimorfa, no hay confusión posible cuando se sabe qué quiere decir cada palabra: Perversión, no quiere decir "práctica sexual contraria a la moral de la época", sino que refiere a prácticas del orden de la sexualidad que tienen por objetivo algo distinto que la reproducción de la especie.
La palabra Sexualidad, por su parte, aplica a toda práctica que genere placer, y no especialmente al uso sexual de los genitales, si bien incluye este uso. En todo caso, el error es de quien confunde “genitalidad” con “sexualidad”. Salvando el error, pensar un niño perverso y polimorfo aplica perfectamente, dado que el niño realiza prácticas placenteras y que no tienen como objeto la reproducción de la especie. Y su perversión es polimorfa, porque esta búsqueda de placer puede manifestarse de muchas (poli) formas (morfos): masturbación, chupeteo, caricias, etc.
Entonces, este es un punto importante: A Freud lo leyeron como si fuese coloquial, y esto derivado de una fascinación por su estilo literario, cuando en realidad, él era muy preciso en términos técnicos y conceptuales.

¿Qué pasó cuando Freud usó la palabra Trieb (pulsión) en vez de Instinkt (instinto)? Un lio, y todavía muchos buscan igualarlas, porque instinkt se entiende, mientras que trieb... no tanto, porque no es instinkt… aunque se podría abordar y empezar a captar algo de la trieb, si se entendiera que no es el instinkt. En cambio, se la fuerza conceptualmente para ser instinto, y como no se adapta se la critica y se la desecha: curiosamente,  trieb  (pulsión) es uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, uno de los cuatro que Lacan delimitó: inconsciente, transferencia, pulsión y repetición.

Esto me lleva a preguntarme ¿Tergiversó Lacan a Freud?. Es una buena pregunta, porque las malas lenguas dicen que Lacan hace decir a Freud cosas que Freud no dijo. Retomo entonces la pregunta ¿Tergiversó Lacan a Freud? 
Una lectura rigurosa y sin despecho, nos permite asegurar que no. ¿Por qué estoy tan seguro? Espero, con mi argumentación, poder despejar algunas críticas absurdas, que rezan generalmente así: "Ah, entonces, ¿cómo es que Lacan hace verdadero psicoanálisis, si también critica y se corre de Freud en muchos aspectos?".

Bien, la realidad es que los conceptos de Lacan se ajustan de manera más que adecuada a la conceptualización freudiana, en la medida que de aquellas derivan. Si uno hace una lectura cuidadosa, efectivamente, es cierto: "esto está en Freud", o "Esto no lo digo yo, lo dice Freud", como dice Lacan muchas veces.
También tenemos un Lacan que en un punto de su enseñanza (a partir del Seminario 10: La Angustia) comienza a desarrollar conceptos propios, originales... o mejor dicho, desarrolla un concepto propio, quizás el único: el objeto (a).

Si seguimos al francés, vemos que el camino hasta y desde el objeto (a) está plagado de críticas y oposiciones al maestro vienés... Pero hacer de esto una crítica se vuelve absurdo en boca de quienes no saben captar esto: Que lo que Lacan suele denunciar en Freud, suele hacerlo desde la propia teoría freudiana, con esta lógica: "Si ud. Freud, dice que tal cosa es de tal manera, entonces, ud. mismo está faltando a su propia doctrina". En efecto: es más papista que el papa. No iba a ser Freud quien se salvara del señalamiento de su tropiezo.

Unos ejemplos prácticos: Lacan critica duramente muchos historiales freudianos:

- En Dora, critica haberle insistido a Dora en que estaba enamorada del Sr. K.
- En Elizabeth Von R., haberle insistido en que debía casarse con su cuñado.
- En El hombre de los lobos, el haber insistido en encontrar una escena que no estaba en el discurso del paciente. Esto que decantó en el desencadenamiento de una psicosis tardía.

Son varias críticas, pero una misma estructura en todas: Lacan le critica a Freud no haber respetado los principios que él mismo consideraba fundamentales y que hacen a la ética del psicoanálisis: neutralidad y abstinencia. 

¿Por qué derrapó así Freud? Lacan lo capta y lo dice claramente, sin complicaciones: Hay algo del deseo de Freud que no fue analizado... El camino de Freud fue el autoanálisis, aunque él mismo dijera que el análisis propio era una condición necesaria para todo aquel que se quisiera formar como analista. Ahora, me pregunto ¿son estos yerros condenables? Me gusta pensar esta respuesta como la siguiente paradoja: ¿puede Dios, siendo omnipotente, crear un ser más poderoso que él mismo? (Y para quien buscando evitar la cuestión se centre en la palabra Dios: no, no creo que Freud sea Dios: en la pregunta hay una lógica paradojal en juego a la que vale la pena poner atención).
No es casual que estos tratamientos hayan terminado como terminaron: el que no desencadenó una psicosis, huyó rápidamente el tratamiento. Con lo cual, estos errores del padre del psiconaálisis constituyen también eso que se dice "la excepción que confirma la regla": no ejercer la práctica dentro de los estrictos límites de la neutralidad y la abstinencia llevan llevan a lo peor. 

Esta desviación del artículo tiene un sentido: Se dice que Lacan escribe complicado, y que hace decir a Freud cosas que no dijo.

Pero a mí no me parece mal que Lacan escriba como escriba, sobre todo si tomamos en cuenta la enseñanza que nos deja lo ocurrido con Freud. En esta lógica, deduzco que lo llamado lo complicado es en realidad lo no-coloquial.

No creo que con la física- por ejemplo- ocurra algo muy distinto: para cualquiera que no esté en el ámbito (me incluyo), los conceptos de la física son chino básico, entonces "son complicados", mientras que para quien anda en el tema, es como su lenguaje "nativo". También están los que, siendo parte del colectivo físico andan diciendo cualquier cosa sobre las teorías de los demás. Entonces, para no generar confusiones, la física crea fórmulas matemáticas... aunque eso, de todas maneras, no exime al lego del no entendimiento de la física.

La conclusión es que hay que estar en tema... o al menos contar con el deseo de estar en tema... o ni siquiera eso: basta con estar al tanto de que las cosas pueden ser distintas, existen otras maneras.
Dicho todo esto, diría que Lacan no "escribe complicado", sino que más bien es "rebuscado" cuando escribe.

Hoy estoy dolinesco, así que me remito de nuevo a él, que lo escuché decir algo así: 


“Cuando le decimos a los pibes que estudien, les decimos que así van a tener un futuro, un buen trabajo, van a poder tener guita. Pero lo que deberíamos decirles es que si se foman, que si estudian, si se cultivan, van a tener más y mejores placeres”


domingo 20 de marzo de 2011

Aproximación práctica a la sugestión directa

Les dejo un interesante y sencillo ejercicio mediante el cuál se pueden dar una idea, por un lado, de cuán susceptible puede ser uno a la sugestión directa, y por el otro, cómo la voluntad, la consciencia, en una palabra: el yo, no siempre es quien manda.

Nota: el video está en inglés, pero bien bien básico.

lunes 7 de febrero de 2011

Entrevista inédita a Sigmund Freud

En esta ocasión quisiera compartir con ustedes esta entrevista inédita al padre del Psicoanálisis, Sigmund Freud, en la cual el maestro austríaco aborda algunos de los temas y conceptos más importantes  y complejos de su teoría y su clínica, bajándolos a un lenguaje claro y comprensible.

Entre otros temas, aborda el Complejo de Edipo, El chiste y su relación con el inconsciente, el trauma; e incluye un interesante comentario sobre la psicología del Tercer Reich: Adolph Hitler.

Además, es muy divertida. ¡Qué la disfruten!


domingo 9 de enero de 2011

Normal, Anormal... ¿Furor diagnóstico?

Por Víctor Spinelli

El debate sobre la normalidad y la anormalidad no es nuevo. Tampoco es exclusivo del campo de la psicología, a pesar de que la tendencia sea intentar adueñárselo.

Lo cierto es que filósofos, sociólogos, antropólogos y todo tipo de científicos han intentado dar una respuesta más o menos coherente al respecto. Algunos lo han logrado, otros no tanto, pero eso no es lo importante en este caso, dado que no vamos a debatir las diversas concepciones de la normalidad y la anormalidad. La idea de este artículo, si bien toca de cerca a esta temática, es completamente otra: Se trata de pensar cómo dentro de este campo la categoría de anormalidad gana cada vez más terreno, terminando por delimitarse una anormalidad (vale decir: lo que sale de lo convencional: tanto lo que sale de "lo normal" como de "lo normativo"), digamos, cada vez más normal.

Hace algunas semanas, viendo televisión, me topé con un informe dedicado exclusivamente a una pareja de hermanas mellizas, ambas con diagnóstico de autismo- Síndrome de Asperger, para ser más exactos-, pero que eran dueñas de un especial don: podían traer a su memoria, casi al instante, absolutamente cualquier recuerdo: nombres de canciones, de personas, de programas de televisión y radio, fechas y horas exactas de diversos eventos lejanos y cercanos en el tiempo, así como también los eventos mismos con un detalle que tocaba lo absurdo. Una nota: Si bien este esbozo de anécdota puede recordar al desgraciado Funés, el Memorioso; a las hermanas se las veía muy contentas de recordar tantas cosas. Se sentían especiales. Retengan esto.
Sin embargo, los especialistas no dudaron en diagnosticar, además de autismo, lo que Darold Treffert ha dado en llamar Síndrome del Sabio: un estado patológico según el cual algunas personas con desórdenes mentales, pese a sus discapacidades físicas, mentales o motrices, poseen una sorprendente habilidad o habilidades mentales específicas. Y si nos ponemos más específicos aun, esta profunda agudeza de memoria, también tiene su nombre formal: Hipermnesia: que sería algo así como un sobre-recordar, recordar demasiado, más de la cuenta: más de lo normal.

¿A qué vienen estos datos? A que me resulta sumamente curioso este embrollo, al que no sé si llamar furor diagnóstico o furor nominativo (o mejor aun: furor tranquilizador): o se trata de ponerle a todo un diagnóstico médico, o simplemente de que todo debe tener un nombre. Sea cuál fuere el caso, se trata de cualquier manera de perspectivas alienantes: soy esto, soy lo otro; tengo esto, tengo lo otro. Eso, lo sabemos, se traduce en: Carlitos tiene esto, o tiene lo otro... y de allí a: Carlitos es esto, o es lo otro; por ejemplo: Carlitos está loco.
Yo, como siempre, no tengo más que preguntas. A Dios gracias, siempre me topo con gente que no tiene más que respuestas.
Entonces, ¿en qué medida tener semejante memoria, por ejemplo, puede ser una patología?  Entiendo, en todo caso, que semejante memoria puede resultar sumamente poco convencional... tan poco convencional como Cristobal Colón insistiendo con que la Tierra era redonda. Pero: ¿un estado patológico? Otra nota: la palabra patología deriva de las palabras griegas logia- estudio- y pathos- sufrimiento, daño-; es decir que, en su raíz, la patología se define como el estudio del sufrimiento. En lo respectivo a la salud, sería entonces la rama dedicada al estudio de las enfermedades como procesos o estados que causan sufrimiento, daño, deterioro.

Antes pedí que retuvieran que las hermanas estaban sumamente contentas con su condición. Funes, en cambio, no era feliz: todas las mañanas, al mirarse al espejo, se veía profundamente cambiado, dado que recordaba en detalle su rostro del día anterior. Pero este no es el caso: ellas son felices, veían (vivían) su memoria como un don. De todas maneras, el ejemplo de la hipermnesia, fue sólo para entrar en tema. Pueden investigar, pero existen otras de estas categorías con dudosa etiqueta patológica.

Creo que vamos camino a la enfermedad colectiva. Hoy en día, todo comportamiento tiene un nombre más o menos patológico. En lo que se refiere específicamente a salud mental, digamos que, al parecer, según los que tienen la posta: todos estaríamos un poco locos. Lamentablemente para ellos, no todos sufrimos... Aunque suele ocurrir que los demás sufran por uno: la vergüenza es un buen ejemplo. También los hay más crudos.

Curiosamente, al psicoanálisis, más de una vez se lo ha acusado- entre otras cientos de acusaciones- de esta suerte de furor diagnóstico: que para los psicoanalistas, el que no es psicótico, es neurótico (o perverso) por ejemplo, y viceversa. Se han apoyado incluso en dichos de Freud, quien ciertamente ubica a la neurosis del lado de la normalidad. Lamentablemente, el atolondramiento y las respuestas anticipadas suelen ser buenos profetas de la equivocación.
Si nos atenemos a la definición arriba expresada de la patología, nos encontramos con que el sufrimiento, el daño, el deterioro, son claves a la hora de diagnosticar una enfermedad. El HIV, por ejemplo ¿Es una enfermedad? No, es un virus. En el peor de los casos, el virus HIV puede causar de una enfermedad, el SIDA, con todas sus cuestiones. De todas maneras, esto no salva las distancias, ni absuelve del fundamento: Cuando Freud habla de la neurosis como la normalidad está hablando de una cierta organización psíquica, una organización en la cual ha tenido lugar el mecanismo que él llama represión, y se han podido constituir un aparato psíquico más o menos estable, organizado. 

Lacan procura ordenar esta cuestión porque, como suele decir, Freud nos ha dejado muchas cosas sin responder. Entonces, el maestro francés vuelve a la obra freudiana, y habla de estructuras subjetivas; dice que hay tres estructuras subjetivas posibles: la neurótica, la psicótica o la perversa. Pero cuando Lacan habla de estructuras subjetivas, de ninguna manera está hablando de patologías, sino más bien de tipos de organización subjetiva que no implican, de ninguna manera, ni el desencadenamiento de una psicosis clínica, ni el estallido de una neurosis, ni el establecimiento de la perversión como manera privilegiada de goce.

Un pequeño ejemplo: Hace algunos años charlaba con un amigo, en casa. Cerca nuestro, en una mesa, estaba la base de un teléfono inalámbrico. Sin embargo, el teléfono no estaba en su base, como debía ser, sino que descansaba sobre la mesa, a escasos centímetros de la base. A medida que la conversación avanzaba, pude notar que mi interlocutor estaba algo distraído- uso esa palabra porque decir nervioso sería demasiado-. La conversación continuo durante largos minutos, hasta que no aguantó más: a la vez que me decía perdón, pero tengo que hacerlo, mi querido amigo tomaba el teléfono rápidamente y, aliviado, lo acomodaba en su base. ¡Ahora sí!, exclamó, y suspiró... luego me miró, y ambos comenzamos a reírnos. Mi comentario fue: ¡Ah! finalmente, mostraste la hilacha.

¿Basta este singular hecho para hacer un diagnóstico de enfermedad mental? ¡No, claro que no! ¿Basta para reconocer la estructura subyacente? Voy a ser audaz: Si, sin lugar a dudas. Así como el ojo experimentado puede reconocer cualquier especie de planta con tan sólo tener acceso a un pequeñísimo trozo de hoja- dado que la estructura de la planta, se repite íntegra en cada uno de sus elementos-, el oído entrenado puede reconocer la estructura subjetiva detrás de la manifestación. Pero, entonces ¿Este amigo mio, está loco? A decir verdad, todavía no ha dado señales claras.

Entonces, arriesgándome a una simplificación que aunque necesaria puede ser malentendida, voy a decir que se trata de tendencias. Por eso es que Lacan afirma que "no se enferma quien quiere, sino quien puede": debe existir cierta predisposición a la enfermedad, no basta con que la subjetividad esté estructurada de una u otra manera.

A esta altura, quizás parezca que me fui de tema. Y aunque las apariencias engañan, en este caso es posible que sean sinceras: tenía mucho para decir. De todas maneras, aun no he dicho todo.

jueves 25 de noviembre de 2010

Al Pan, Pan; y al Vino, Vino

Por Víctor Spinelli

Como he dicho varias veces, los psicólogos no somos los profesionales con mejor prensa. Entre otras, una de las críticas (prejuicio) que se nos suele hacer -como todas, en realidad- toca directamente a la técnica:

"para ir a hablar con un tipo, que encima no lo conozco, y contarle mis problemas, para eso hablo con un amigo."

Ciertamente, hablar- el sólo hecho de hablar de lo que nos ocurre- alivia el padecimiento. Esto no es ninguna sorpresa. Y la crítica sería más que justificada si hacer terapia se tratara- efectivamente- sólo de hablar. Pero las cosas son un poco más complicadas, dado que no se trata sólo de eso: lo importante es que, además de hablar un montón, se diga algo que importe. Jacques Lacan díría "Algo que importe en lo real". Es decir, algo que toque a la cosa que molesta, algo que diga del padecimiento.
Así reformulado, se puede entender que nuestro trabajo como profesionales de la salud mental sea escuchar. No oir, sino escuchar; diferencia que vengo machacando en varios artículos, pero que nunca está de más recordar, por dos razones principales: primero, porque es fundamental, la escucha es la técnica del psicólogo; y segundo, porque muchos profesionales suelen olvidar la primera razón (aquellos profesionales que terminan por ser justificación de los prejuicios más absurdos, haciendo de la disciplina una caricatura)

Entonces, dicho esto ¿Qué justificaría ir a hablar con un psicólogo y no con un amigo? ¿Qué puede decirnos un psicólogo- luego de escucharnos- que no pueda decirnos un amigo? Eso depende de qué esté uno dispuesto a decir, y de qué el profesional pueda escuchar.
Pero, como psicoanalista, me veo obligado a recordar y seguir insistiendo sobre una cuestión básica, pero no por eso menos fundamental. Son unas palabras de Lacan, que dicen así: "El psicoanalista sin duda dirige la cura. El primer principio de esta cura (...) es que no debe dirigir al paciente.", lo que, en criollo, quiere decir que no estamos para decir al paciente qué debe hacer con su vida- qué es lo mejor para él-, ni para darle consejos, ni para realizar juicios o valoraciones morales, ni para educarlo. Estamos para escucharlo y dirigir la cura, a partir de esa escucha.

Lamentablemente, existen aun profesionales que entienden que su título los habilita como ejemplos de vida, sabios consejeros, maestros, guías espirituales y/o educadores. Y hay pacientes que buscan exactamente eso ¿El resultado? Un profesional con el ego inflado hasta casi explotar y un paciente que no va a ningún lado más que a la fascinación y consecuente identificación con su nuevo modelo de ser humano. Lo cual no es muy distinto a aquel amigo que uno escucha  hipnotizado, deseando que todo fuese tan simple como su sanción.

El amigo siempre tiene algo para decir, una solución mágica... pero que en muchos casos aplica para él mismo, y no para quien lo consulta. Mientras que el psicólogo- en el mejor de los casos- debe poner todo su empeño en escuchar al consultante, y no estar pendiente de qué fórmula de su propia vida, o que funcionó con otros pacientes, puede ser la salvación. Más aun: es su deber ético prácticamente olvidar su propia vida por un rato: neutralidad y abstinencia quieren decir exactamente eso: que el profesional, cuando atiende, no es Carlitos Pérez, con 3 hijos, un perro y una hipoteca por pagar. Atender viene de atención, entonces, cuando se atiende se debe prestar atención; a lo que el paciente dice, no a lo que nosotros pensamos, o a lo que vamos a decirle cuando haya un stop en su discurso. Sólo si escuchamos, vamos a poder ayudar. Y ayudar, en nuestra profesión, no es dar soluciones mágicas, efectivas por su rapidez (aunque de corta duración), sino más bien dirigir al paciente al encuentro con su responsabilidad en el asunto, y a partir de allí, con la solución.

Finalmente, quiero dejar claro que los amigos son- efectivamente-, en muchos casos, la solución a todos nuestros problemas. No porque tengan la solución, sino por el hecho mismo de existir y estar allí para escucharnos... a su manera, pero nunca está de más agradecérselos.

Introducido el tema, los invito a ver estas publicidades muy divertidas, pero no sin antes señalar que, si bien el amigo puede puede ser considerado muchas veces un psicólogo sin título; la función del psicólogo no es- bajo ninguna  circunstancia- ser un amigo con título.



miércoles 22 de septiembre de 2010

Los 33 mineros y el rol del Psicólogo

Por Víctor Spinelli

Hace más de 40 días (y vaya a saber uno por cuánto tiempo más) que la noticia de los 33 mineros chilenos atrapados en la mina San José nos tiene al borde del asiento a la hora del noticiero. Uno se imagina lo que debe ser estar atrapado allí abajo, a 700 metros de profundidad, sin ver la luz del sol durante más de un mes, compartiendo todo con las mismas 32 personas, día y noche, sin descanso. Quizás esta sea una visión demasiado apocalíptica de la situación, pero prepara el terreno para la pregunta: Si nosotros, desde aquí afuera, podemos sentir esta suerte de claustrofobia contagiada ¿qué será de ellos, que la viven en carne propia? 
No somos los únicos que nos lo preguntamos. Otros, además de preguntárselo, fueron aun más prudentes y- ante la duda- ofrecieron a la treintena de hombres el apoyo de un equipo de profesionales de la psicología. Estrategia muy acertada, por cierto. Quisiera dejar esto en claro desde ahora: la idea de este artículo no es sentar posición contra la estrategia, de las más acertadas. Se trata de otra cosa, que comentaré en seguida.

Hace algunos pocos días una noticia inesperada salió a la luz: de pronto, los 33 hombres- al unísono-, rechazan la continuidad en la intervención del equipo de psicólogos, ya no quieren contar con su apoyo, ni hablar con ellos: 
"él (el jefe del equipo de los psicólogos, Alberto Iturra) provoca rechazo a todos acá adentro y provoca histeria en todos", dice uno de los mineros a un familiar en una de sus cartas, y agrega: "No me preguntes más cómo me siento, porque en la carta que leí (...) sentí como si te estuvieses asesorando por ese 'doc'".
El mensaje que devolvió la esperanza
Por su parte, los familiares de los hombres atrapados, evalúan que el profesional en cuestión los estaría "presionando" de más a los obreros en sus sesiones de terapia a distancia, versión al parecer confirmada por los mineros.

Todo lo que se puede decir a partir de este material son puras conjeturas, no tenemos realmente más datos. No sabemos qué más dicen los mineros, tampoco sabemos de qué se tratan la presión y la histeria de la que hablan los hombres bajo tierra. Pero esto no me inhabilita- conjeturas de por medio- para introducir algunas hipótesis de mi cosecha- se entiende, son hipótesis, supuestos míos- acerca de algunos puntos espinosos, que hacen a la práctica cotidiana y sobre todo al rol del psicólogo, en tanto consiste en abordar el padecimiento de los sujetos y no en manipular las variables a su gusto, como si se tratara de un experimento de laboratorio.

Podemos- primero- hacernos algunas preguntas: ¿Cuál es la manera más adecuada de abordar la subjetividad, y más aun, cuando el padecimiento se hace manifiesto? ¿Cuáles serían- entonces- las mejores intervenciones que podrían realizar el psicólogo del cual venimos hablando y su equipo con vistas de generar resultados positivos en el ánimo de los mineros? ¿En qué erraron?. Aunque son varias preguntas, considero que una respuesta simple y concreta alcanza para todas: no sé.
Alguno se preguntará sorprendido ¡¿Cómo que no sabe, no era profesional, para qué estudió?! Por lo que me apresuro a agregar: no sé, porque- como dije anteriormente- se trata de abordar el padecimiento de los sujetos. A esto se sigue que si hablamos de sujetos, hablamos de casos singulares, únicos cada uno de ellos en su especie. Es una manera complicada de decir que cuando abordamos la subjetividad, no existe una Guía T que nos diga qué hacer, o qué es mejor, o qué es peor para ese o este sujeto: eso se nos va revelando en la medida que obtenemos información de ese sujeto que nos habla sobre lo que le pasa, sobre como se siente, qué piensa, qué hace, que hizo, que deja de hacer, en defnitiva: despliega su historia frente a nuestros oídos. Y digo oídos y no ojos, porque nuestra principal responsabilidad reside en escuchar. No se trata de oir, en el sentido de oir sonidos que salen de la boca de otro meramente, sino en poder ubicar un tipo particular de escucha, una escucha cuidadosa, delicada y presta  a captar el detalle que hace a ese sujeto ese y no otro. Sólo cuando hemos escuchado bastante, y sobre todo cuando hemos escuchado cosas que se repiten aunque no se digan de la misma manera, tenemos el derecho, pero sobre todo la posibilidad, de intervenir de manera eficaz, es decir: sin decir cualquier cosa, porque se nos ocurre. Recordemos de paso aquella crítica que se nos hace a los Psicólogos... no, voy a ser justo: a los que, además de Psicólogos, somos Psicoanalistas: que pasamos largos ratos callados. Bueno, vean que esto en realidad tiene su justificación, una justificación metodológica, no es de caprichosos que somos, ni porque no se nos cae una idea. No. Es porque para poder escuchar a otro, es preciso primero poder callar uno.

Y les voy a hacer una confesión: lo más complicado no es escuchar; lo más complicado es más bien saber uno cerrar el pico, dado que sino la propia voz es molesta, y no permite escuchar a quien- delante nuestro- acepta, en determinado momento, abrir sin censura sus más profundas heridas, una y otra vez. Pero esto de "saber callar", no quiere decir únicamente "no emitir sonido", como "escuchar" no es tan sólo "permitir que los sonidos lleguen a nuestros oídos". Saber callar implica eso y algunas cosas más: saber callar implica también saber cuándo hablar y cuándo no; implica correr de la escena pensamientos, situaciones, sensaciones propias, pero ajenas al sujeto (paciente) que intentamos escuchar, entre otras cosa, pero sobre todo implica poder reconocer que cada sujeto tiene un reloj propio, eso que se dice: que cada uno tiene sus tiempos. En efecto, tanto la experiencia como el estudio nos enseña a reconocer en el discurso el tiempo del sujeto, y a intervenir según ese tiempo, y no en pro de nuestro capricho o de nuestras suposiciones morales acerca de una determinada visión del mundo o un deber ser o deber hacer ideales e iguales para todos, según nuestra perspectiva de las cosas.

Todos estos comportamientos deseables forman parte de lo que las normativas para el ejercicio profesional agrupan en el apartado Neutralidad y Abstinencia: lo primero- neutralidad- quiere decir: ser imparciales, no volcarse hacia nada en especial, dado que volcar la atención hacia determinado material tenderíamos a quitar la atención del resto, y por consiguiente, a la posibilidad de perdernos algo importante para el sujeto. Mientras que abstinencia, es refrenarse, saber callarse, saber diferenciar y sacar del camino presupuestos, prejuicios e ideas propias que puedan obstaculizar la escucha. Es para poder cumplir con estos dos principios fundamentales- en parte- que los Psicoanalistas damos tanta importancia a la terapia propia, donde intentamos resolver nuestras vueltas. Porque la cuestión es esta: en el consultorio, no somos personas: somos Psicoanalistas, y debemos actuar como tales: siendo responsables.
Debemos resignarnos. Por más que nos pese, tratamos con sujetos que padecen, no con objetos experimentales. No nos es posible manipular objetos a nuestro gusto y necesidad, en la medida que quien nos consulta es un sujeto que tiene los suyos, y recurre a nosotros para que le prestemos la mayor de las atenciones, y podamos reconocer en lo que les ocurre aquello que ellos están- por el padecimiento mismo- imposibilitados para ubicar.

Volvemos entonces al principio, al caso de los mineros: ¿Qué pasó con ese Psicólogo que al parecer los presionaba? Independientemente de qué quiera decir esto, nos atendremos a un hecho: ya no quieren hablar con él, rechazan su presencia. En el principio dije también que iba a introducir hipótesis propias, supuestas posibles explicaciones. Para hacer eso voy a aludir a lo arriba tratado. Aclarado esto, digo entonces que, si los mineros se sienten presionados y especialmente irritados con este profesional, Alberto Irruta, esto quizás se deba a que él y su equipo no hayan respetado la singularidad- y por lo tanto los tiempos- de los sujetos con quienes y a quienes debían tratar, esto es: no los han sabido escuchar... o al menos no del todo bien. No parece una hipótesis descabellada la de la dificultad para la escucha, si prestamos atención a lo que este profesional refiere luego de evaluar él mismo la situación:

afirma que la situación mental de los trabajadores se ha estabilizado y destaca su buena predisposición para participar en las actividades que el equipo de profesionales les propone.

Eso..., dadas las circunstancias, eso sí que es descabellado.

martes 17 de agosto de 2010

Psicoanálisis... ¿Para qué?

Por Víctor Spinelli

Se trata de una estudiante de medicina que en un momento dado suspende sus estudios. Luego de haber tenido continuidad y buenos resultados hasta más allá de la mitad de su carrera, se encuentra ahora estancada: tiene uno o dos finales que no logra aprobar. Se encuentra muy afligida por ello, dado que era muy importante para su madre que ella fuese médica. Así las cosas, surge que en realidad, su madre nunca le había pedido que sea médica; ni siquiera le había pedido que estudiase una carrera universitaria. Es en ese momento que adviene un recuerdo de la paciente, de cuando tenía 9 años y su padre había muerto hacía poco tiempo. Se recuerda a sí misma sentada junto a un sillón en el que su madre tejía mientras miraba una serie de médicos que se llamaba Dr. Kildare, protagonizada por Richard Chamberlain. Su madre no se perdía ningún capítulo de la serie de médicos. En ningún momento había estudiado medicina, no había médicos en la familia, ni le insulfó a su hija esa vocación, y sin embargo la chica estaba hasta ese momento convencida del mandato materno, de lo cual surge una suerte de sobreentendido de la paciente: que existía un mandato de la madre para que ella estudiase medicina. Cuando en realidad su madre quizás mirase la serie porque le gustaba el protagonista, o por cualquier otra cosa.
Al trabajar la cuestión del sobreentendido, la muchacha no sólo retoma la carrera (medicina), sino que además, descubre que es su vocación.

El ejemplo aparece en el libro "Psicoanálisis: Escritura de la Falta-en-Ser", de Oscar Lamorgia, y pone sobre el tapete una pregunta que solemos escuchar los psicoanalistas, tanto de gente ajena al ámbito de la psicología, ávida de comprender un poco de qué se trata, como de colegas no psicoanalistas. La pregunta va más o menos por este lado: ¿De qué se trata el psicoanálisis? ¿Qué pasa en un psicoanálisis, para qué sirve? Y bien, intentaré esbozar una respuesta aproximativa.

Ante todo, es importante marcar una diferencia que suele no estar debidamente delimitada, y es que Psicología y Psicoanálisis no son la misma cosa. Es curioso, pero por lo general quienes no están en el ámbito de la psicología creen que un Psicólogo es por fuerza Psicoanalista. Esto no es así. Para no caer en tecnicismos que tomaría meses o quizás años explicar de manera clara y concisa, vamos a decir que si bien el psicoanálisis es practicado por Psicólogos y se enseña en la Facultad de Psicología- al menos dentro de las posibilidades-, se trata de una praxis algo alejada de lo que Psicología es en sí misma como Ciencia. Esto no quiere decir que el Psicoanálisis no tenga sus fundamentos teóricos, sino más bien que estos fundamentos teóricos no son los mismos que los de la Psicología científica. Lo primero y más característico que podemos decir al respecto, para diferenciar ambos métodos (el de La Ciencia y el del Psicoanálisis); es que La Ciencia tiende al conocimiento absoluto, no dejando lugar al bache, a la falla, a la "equivocación". Su base es el racionalismo empírico: es decir que la Ciencia se apoya en la corroboración lógica y objetiva de sus descubrimientos, independientemente de las diferencias subjetivas, de sujeto a sujeto. En este sentido, en Psicoanálisis decimos que la Ciencia deja por fuera al sujeto de la ciencia, para centrarse en su objeto. Dejar por fuera al sujeto quiere decir que a la ciencia no le preocupan- por ejemplo- los deseos que movieron al científico a realizar cierta investigación con el afán de obtener determinados resultados, sino que lo que importa son los resultados y los métodos requeridos para obtenerlos.
En lo que hace al campo específico de la Psicología, encontramos que por lo general las orientaciones netamente científicas basan sus postulados y métodos en estudios estadísticos, que buscan encontrar la regularidad, la repetición o no de ciertos aspectos, para concluir de allí la existencia  o graduación de diferentes características en el individuo. Por ejemplo, existe un escueto y muy utilizado test de 21 items con 4 opciones de respuesta cada una que, según este tipo de orientación, definiría si un individuo está más o menos deprimido (se trata del Inventario de Depresión de Beck). Según la respuesta que se escoja, cada item puede obtener un puntaje de 0 a 3. Estos puntajes se suman y del valor total obtenido se derivan los resultados: No depresión (0-9 puntos), Depresión Leve (10-18 puntos), Depresión Moderada (19-29 puntos) y Depresión Severa (30 puntos o más).l


Entonces, lo que quisiera rescatar de este método científico, es su tendencia a la estandarización: al parecer, independientemente del sujeto del cuál se trate y de sus características netamente personales y únicas, una misma respuesta a la misma pregunta, implicaría un mismo resultado, una misma conclusión, para cualquier individuo. Importa entonces el resultado, no el sujeto en juego, que hace el test. En este sentido, el saber sobre la respuesta, el sentido de la respuesta, la tiene el científico que interpreta el test, según una estandarización previa de las respuestas. El Psicólogo entonces tendría un saber previo sobre el padecer del paciente... y no hablo de conocimiento académico, sino de un saber previamente establecido, incluso antes de conocer al paciente, sobre el padecimiento de ese individuo. Este tipo de presupuestos, entre otros, justifican un tipo particular de intervención para este tipo de orientaciones.


¿Y el Psicoanálisis? El Psicoanálisis, la clínica psicoanalítica, tiene una base: esa base es lo que se dice en un Psicoanálisis. Esto quiere decir que el Psicoanálisis se trata de hablar, de hablar mucho. Es decir que en Psicoanálisis no trabajamos con testeos estandarizados, sino que nos abocamos más bien a lo que cada individuo tiene para decir al respecto de lo que le ocurre. Trabajamos con el el único presupuesto de que todo lo que el individuo dice cuando habla está íntimamente relacionado con su ser, y esto será variable de sujeto a sujeto: No es lo mismo que un sujeto diga que está deprimido a que lo diga otro. Esta manera de abordar la clínica, implica una confianza ciega en el sujeto detrás de ese discurso. A diferencia del científico que sabe el significado de una respuesta X a un test, el Psicoanalista- en el caso de que sea Psicoanalista, y no se haga llamar así por pura petulancia- decía que el Psicoanalista trabaja a partir de la creencia en el Inconsciente, creencia que implica un saber por parte del sujeto, a pesar de que este no sepa que lo sabe. Intentaré ser más claro: cuando un paciente dice que está deprimido, no comprendemos rápidamente a lo que se refiere como obviedad, tomando las características del manual de la depresión, sino que esperamos que el paciente sea quien pueda explicarnos y describirnos su depresión, qué es lo que le ocurre, de dónde viene, a dónde va. Y no porque no sepamos qué dice el manual sobre la depresión, sino que no comprendemos rápidamente porque al hacerlo se cristaliza un sentido, un significado de las cosas que impediría continuar desarrollando lo que está detrás del padecimiento ¿Ante una pregunta por blanco o negro, qué otra respuesta se puede dar que no sea blanco o negro? Y resulta ser que muchas veces esa depresión o cualquier otra cuestión que haya movido al individuo a consultar al Psicólogo, si este además es Psicoanalista  e interviene desde ese lugar, dirija al sujeto a un lugar completamente distinto del que inicialmente planteó como motivo de consulta.


Y aquí podemos hacer una primera aproximación al ejemplo que recordé al principio de este artículo: Una muchacha que no puede terminar su carrera universitaria, y esto la aflige dado que según parece es el deseo de su madre que ella sea médica, y ella no está pudiendo cumplir. Podríamos quedarnos allí, y trabajar entonces para que esa muchacha deje una carrera que según comenta no es su deseo (sino que se trata del mandato materno) y deje de sentirse culpable por ello. Pero podemos también revelarnos, e ir más allá: la paciente sigue hablando, y termina por recordar que en realidad su madre nunca le pidió que fuese médica, ni que fuese a la Universidad. Al parecer la creencia de la paciente en el mandato viene de una asociación en relación a su madre viendo una novela de médicos, de la que no se perdía un sólo capítulo.
No sabemos cuáles son las intervenciones concretas del Psicoanalista que nos brinda el ejemplo, pero lo que sí podemos suponer es que de haberse quedado con lo primero que la paciente dijo (que era su madre y no ella quien deseaba que fuese médica), de quedarnos con eso sin indagar más allá, los resultados podrían haber sido otros, como el cambio de carrera, p. ej. Pero nos encontramos con una novedad: Luego de trabajar sobre el tema, la paciente no sólo retoma la carrera, sino que además descubre que es SU vocación. Descubre, no inventa: descubre. Descubrir quiere decir que eso ya estaba allí, pero cubierto, bajo un velo ¿Qué lo cubría? el mandato de la madre, el Deseo de la madre, podríamos decir. Entonces lo que la paciente descubre es que ser médica es SU deseo. Podemos decir entonces que, a pesar de que la paciente seguirá haciendo lo mismo (estudiar medicina), ya no va a ser lo mismo "¿Por qué no va a ser lo mismo, si es la misma carrera?" Me han preguntado detractores del Psicoanálisis cuando en otro espacio comenté el caso. Respondo: Porque no es lo mismo estudiar una carrera porque la madre así lo quiere, que hacerlo porque uno es quien lo desea.


A esta altura hay que aclarar: Este desarrollo no quiere decir que el Psicoanálisis esté por fuera de la Ciencia, sino que el método de abordaje es distinto. De hecho, será gracias a la Ciencia que el Psicoanálisis podrá nacer ¿Cómo? Jacques Lacan señala que, dado que la Ciencia deja por fuera a lo puramente subjetivo, no es casual que Freud haya diseñado un dispositivo nuevo, destinado a alojar a esos sujetos que la Ciencia obviaba, a los que no podía dar respuesta, a pesar de sus corroboraciones pretendidamente objetivas.


¿Para qué sirve el Psicoanálisis? Apoyándonos entonces en el desarrollo del ejemplo que di arriba, podemos decir entonces que el Psicoanálisis tiene por objetivo generar un cambio de posición del sujeto con respecto a su deseo (inconsciente). Esto quiere decir que el sujeto pueda hacerse responsable por su deseo: El deseo del sujeto, aquel deseo que le pertenece profundamente, no está en ningún manual.... como tampoco existe una Guía T del Psicoanalista. Y hacerse responsable no quiere decir "hacerse cargo y sentirse culpable", sino que más bien implica como dije, una transformación de la posición del sujeto.,  aquella que Freud llamaba salto cualitativo. En nuestro ejemplo, al principio, la muchacha se hace cargo de estar estudiando una carrera que aparentemente no es la que ella desea estudiar, y siente culpa y aflicción por no poder seguir adelante, dado que según cree está decepcionando a su madre. Hasta ahí no hay nada nuevo, la paciente sigue siendo víctima de las circunstancias. Es decir que está donde está por su madre, no por ella: esto implica que está sufriendo por no poder cumplir con su madre, todo sería responsabilidad de su madre. En cambio, en el segundo momento, cuando descubre que la medicina es en realidad su vocación, y que estudiarla está en perfecta concordancia con su deseo, se hace sujeto de ese deseo, se apropia de él, se hace responsable de ese deseo: ella es quien desea, y no su madre. A partir de esta nueva posición frente a lo que desea, se hace responsable por su elección, se adueña de su elección.


Parafraseando a Jean-Paul Sartre, podemos decir entonces que Estamos condenados a la libertad. Cuando uno es responsable por sus elecciones, es cuando logra ser finalmente libre... y entonces, descubre también que en la vida no hay garantías.


Hasta la próxima.