viernes, 14 de septiembre de 2012

De cuerpos aislados y el paradigma del consumo

Si pensamos la época en que Freud inventó el psicoanálisis, en las patologías con las cuales se topó y que fueron la base de sus desarrollos, e intentamos pensar desde esos parámetros la actualidad en la que vivimos, nos encontramos de manera casi evidente e inmediata con que hoy en día la clínica freudiana puede ser aplicable, en la mayoría de los casos, sólo en la medida en que se tenga en cuenta la necesidad de imprimirle más de una modificación técnica. Lo cual no quiere decir efectuar cambios en los conceptos psicoanalíticos más profundos, aquellos que sostienen esta praxis. En efecto, las conceptualizaciones freudianas del deseo, la angustia, el síntoma, el conflicto, se encuentran a la orden del día.

Algo más: toda gran invención o descubrimiento suele derivar en nuevas perspectivas y aplicaciones en la sociedad de la época, maneras de ver, pensar y hacer que suelen perpetuarse aunque, por lo general, terminen por convertirse, por medio del discurso cotidiano, coloquial, en herramientas o conceptos operativos, sacados de contexto, aplicados en terrenos muchas veces completamente ajenos, si no del todo contrapuestos al de su surgimiento. Para ejemplificarlo brevemente: es cotidiano, lo vemos día a día, que ante la comisión de un acto fallido, hasta el espíritu más técnico y preciso sugiera que detrás de eso se esconde algún significado misterioso. Existen también los más audaces, los que arriesgan, e inclusive sancionan la obviedad del sentido de lo ocurrido. Nada más lejano al psicoanálisis, aunque tampoco sea raro encontrar este tipo de conductas, escuchar este tipo de sanciones de la boca (o del puño y letra) de profesionales largamente formados en la técnica analítica y en sus fundamentos. Pero lo importante a destacar es lo siguiente: con la aparición del psicoanálisis aplicado a determinado padecimiento, a partir del descubrimiento y blanqueo de sus mecanismos y del acceso a sus sentidos más hondos, es el padecimiento el que muta, tomando nuevas formas cada vez más difíciles de captar, a la manera del animal que se adapta a las nuevas condiciones del ecosistema evolucionado en sus modos de mimetismo. 

Pero otros factores influyen también en esta transformación. Somos testigos en las últimas dos décadas del no sólo impresionante- en tanto calidad y rendimiento- sino del rápido, rapidísimo avance de la tecnología: súper computadoras que poco a poco van convirtiendo al animal humano en herramienta para su mantenimiento (las que todavía no se mantienen por sí solas), el incremento de las redes informáticas y sociales, las novísimas tecnologías en comunicación (celulares que son también cine, radio, televisión, GPS y reproductores de música; las tecnologías utilizadas en los medios masivos de comunicación, los chats); todos avances que- y no es la intención de este trabajo poner en cuestión su utilidad-, todos avances que cooperan en la modificación y hasta en el surgimiento de nuevos tipos de padecer, nuevos modos de presentación y elaboración del goce; modos que desde nuestra disciplina no podríamos caracterizar más que como autoeróticos, en tanto aíslan los cuerpos en un espacio virtual que virtualiza en consecuencia toda posibilidad de existencia del otro, y por tanto de lazo social con este, generando un goce que, atrapado en el terreno imaginario, se sustrae de toda mediación simbólica. Adormecimiento del deseo que no es sin consecuencias. En este contexto el fenómeno del consumo viene a ocupar un lugar privilegiado.
 
En Pensar sin Estado, Ignacio Lewkowicz señala la sutil- en realidad no tan sutil, y por cierto alarmante- modificación que sufre a partir de la última asamblea constituyente (la del 94’) el ideal del Estado Nación y la consecuente mutación de su, digamos, soporte subjetivo: el ciudadano. Curiosamente, en varios pasajes del nuevo texto princeps de los argentinos, la categoría de ciudadano ha sido reemplazado por la de consumidor. Nuevo soporte subjetivo que crea a la vez una nueva estructura que soportar, y que el autor refiere con la figura de un Estado técnico-administrativo. Se trata de una nueva configuración en la que prima la táctica a corto plazo, la inmediatez, la ausencia de políticas y planeamientos estratégicos con miras a futuro, contrariamente al crecimiento progresivo y lento, pero sólido y que contaba con la garantía y apoyo del antiguo Estado Nación. Lo que comienza a subir a primer plano es el logro de grandes éxitos en el menor tiempo posible y con la utilización de la menor cantidad de recursos, la famosa lógica mercantil. En un contexto tal, el único movimiento posible, la más mínima circulación podrá darse sólo en tanto y en cuanto alguien se apropie de lo producido, aportando así los recursos para nuevas producciones, dando lugar a un proceso circular en el que el alguien que dará consistencia a la nueva estructura será el consumidor. Intentemos pensar qué consecuencias puede tener tal configuración en la disciplina que nos compete: el psicoanálisis. 

Ya con Freud aprendimos que el deseo se funda sólo en tanto y en cuanto exista un hueco, una falta simbólica (ya que en realidad nada falta) que toma forma a partir de la primera vivencia de satisfacción – la primera vez que el bebé toma la teta -, aquella que el sujeto revivirá de manera alucinatoria, e intentará recuperar a lo largo de toda su vida sin lograrlo, en tanto que como primera se convierte en única e irrepetible. Más tarde Lacan nos enseña que en realidad lo que Freud señaló es: que es en la diferencia entre la demanda y la satisfacción de esa demanda donde se alojará el deseo. Y en tanto que lo que se obtiene mediante la satisfacción de la demanda, nunca la colma, aunque desborde a la necesidad, la demanda será en realidad siempre demanda de algo más: la demanda es siempre demanda de amor. Se podría decir entonces que en estas coordenadas el deseo será lo que nos mantendrá ocupados, vivos, siempre en busca de algo más: al fin y al cabo, el ser humano lo único que puede hacer es desear. Efectivamente, en el mejor de los casos, uno se hace de un compañero/a y pasado algún tiempo quiere formalizar, y se ponen de novios. Esto dura un tiempo, hasta que se quieren casar, y una vez casados, quizás quieran tener hijos, o también montar una empresa familiar. Crecidos sus hijos, la ya anciana pareja querrá disfrutar de una vejez tranquila en la cual puedan, juntos, dar de comer a las palomas en la plaza del barrio. Digamos que a fin de cuentas, al sujeto el deseo siempre se le está escurriendo, y es esto lo que lo mantiene vivo, en el amplio sentido de la palabra.

¿Qué ocurre cuando el deseo se adormece? ¿Cuándo la más variada cantidad y calidad de objetos vienen a colmar la necesidad, al punto de obturar ese agujero en el cual nace el deseo y el movimiento? Hablé de tecnologías que aíslan los cuerpos, pero también, a partir de la oferta de un goce autoerótico sin esfuerzo, sin los rodeos que implica el acercamiento al otro ese goce, contingente en un principio, se transforma luego en necesario, como el marketing pregona: se trata de inventar una necesidad. En efecto, los objetos son presentados con una estrategia tal que, sorpresivamente y como por arte de magia, pasan a ser imprescindibles. El deseo se ha degradado en  necesidad. El objeto del deseo es ahora mero objeto de la necesidad, como si este objeto pudiese dar respuesta al gran signo de pregunta del deseo humano. Hablamos del consumo, y más exactamente del consumismo, paradigma de nuestra época actual. Haciendo honor a su tendencia a la mutación, las patologías también se han adaptado a la actualidad: hoy hablamos de patologías del consumo: toxicomanías, tabaquismo, alcoholismo, bulimia, anorexia, etc.

Si en la época freudiana ubicamos una realidad que resuena en torno a la estructura neurótica, en la actualidad la resonancia la encontraremos más cercana a la estructuración psicótica, sin olvidar que las patologías del consumo pueden existir en cualquiera de las estructuraciones subjetivas delineadas finalmente por Lacan (perversiones, neurosis o psicosis); y dadas las características de estas patologías del consumo (que se apoyan esencialmente en lo desarrollado más arriba acerca del deseo y la degradación de su objeto a objeto de la necesidad, así como con el puro goce sin mediación simbólica y con la inexistencia de un ideal que guíe el deseo, sacándolo de la compulsión a lo inmediato), se torna especialmente complicado el diagnóstico, siendo modos de presentación del sujeto particularmente sólidas, como drogadicto, alcohólico, bulímica, etc. Tampoco podemos olvidar aquella opción terapéutica que ofrece al sujeto el engañoso prefijo ‘ex’: ex drogadicto, ex alcohólico, que ofrece una salida aparente sin costo subjetivo alguno.

¿Cuál es, entonces, el camino? Todas estas patologías se encuentran emparentadas con una forma de gozar que evita todo rodeo en el abordaje al otro, siendo configuraciones tan sólidas que inclusive en caso de tratarse de estructuraciones neuróticas pueden de todos modos durar años inconmovibles, sin señal alguna de implicación del sujeto en su padecer. ¿La moraleja? Una vez más, el llamado a la prudencia, la escucha atenta y, sobre todo, ese bien tan degradado desde que dejamos de ser ciudadanos para ser ni más ni menos que orgullosos consumidores: paciencia.

sábado, 24 de marzo de 2012

Memoria, Verdad, Justicia... y Reelaboración.

Una de las primeras cosas sobre las que nos llamó la atención el psicoanálisis: que lo reprimido no es lo suprimido, que la Verdad siempre encuentra un camino para manifestarse. Que la Memoria se circunscribe al acto del hacer consciente lo inconsciente, levantar las represiones. Que hay dos opciones: Repetir por la vía del síntoma, o Recordar por la vía de la palabra.

Hoy, 24 de marzo de 2012, se cumplen 36 años desde que las fuerzas represivas de un Estado canalla intentaran suprimir el deseo de miles de sujetos, ignorando que, aunque pueda sofocarse momentáneamente, el deseo nunca muere.

Se nos plantea, entonces, la árdua tarea de lograr que el Recuerdo gane terreno sobre la Repetición, y de advertir que la Memoria poco tiene que ver con esta última, porque "... la repetición de lo aterrador lo convierte en banal", mientras que "... la memoría es una forma de resistencia al olvido"*.

Por eso: Nunca más.

*Pilar Calveiro, "Poder y Desaparición. Los campos de concentración en Argentina"

miércoles, 19 de octubre de 2011

La Dimensión Ético-Política y las Elecciones

Por Víctor Spinelli

El miércoles 18 de octubre tuve la posibilidad de asistir al VI Foro de Psicología y Educación, organizado por la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, y que tuvo lugar en la Escuela Superior Normal Nº 1 en Lenguas Vivas “Roque Sáenz Peña”. El tema central del encuentro fue el entrecruzamiento entre Política, Curriculum y Educación, cuestión muy vigente en nuestros tiempos, a pocos días de las elecciones presidenciales. La primera ponencia, a cargo de Juan Jorge Michel Fariña, encaró la cuestión de la educación en su Dimensión Ético-política. Me gustaría, en este caso, rescatar muy brevemente algunas ideas de esta presentación y hacer algunas reflexiones a partir de ellas.

Retomando algunas ideas del filósofo francés Alain Badiou y los consiguientes desarrollos del historiador y filósofo argentino Ignacio Lewkowicz, podemos decir que, dado un Universo determinado y aparentemente completo, absoluto, sin agujeros - una Ley, o una normativa cualquiera, por ejemplo –, se hace prácticamente inevitable la aparición de subdivisiones con respecto al mismo que darán cuenta de la aparición de lo que podríamos llamar Particularidades – por ejemplo, aparecen aquellos que creen que tal artículo de la normativa quiere decir una cosa, y los que creen que quiere decir lo contrario, lo perfectamente opuesto -. Lo característico de estas ‘particularidades’ es que se presumen a sí mismas completas, la particularidad asume la identidad del Universo, lo Particular se cree Universal. Como habrán visto, es común que la opinión de alguien con respecto a cualquiera tema sea tomada por ese alguien como la verdad última y absoluta sobre el tema que se discute. Y está claro que, en estos términos, no se puede avanzar mucho más allá de la puesta en común de opiniones. O, peor aun, el ‘paso más allá’ viene a estar dado, en algunos casos, por el trompazo, que no hace más que poner de manifiesto una trabazón indisoluble, al menos en ese nivel, dado lo absoluto y mutuamente excluyente de los términos en juego. Estamos frente a un dilema, como tal, imposible de resolver por las vías de la moral, del cumplimiento a rajatabla de la normativa (siempre de naturaleza interpretable, por otra parte, lo que hace la tarea aun más dificultosa), eligiendo una u otra opción de las disponibles al interior del Universo, y expresadas en la forma de Particulares ¿Cuál es, entonces, la salida? Dejemos planteada la pregunta.

En pocos días los argentinos estaremos eligiendo a quienes deberán – deberían – cumplir con la obligación de representarnos a nivel Ejecutivo y Legislativo durante los próximos cuatro años. La lucha entre candidato y candidato y entre militantes de diversos espacios es encarnizada, absoluta, excluyente, y en varios casos se ha llegado a las trompadas. Ahora bien, de suponer que la lucha de la que hablo se está dando en el terreno de la Política, estaríamos cayendo en un grosero error de apreciación. Voy a explicarme: Si tomamos el esquema planteado más arriba e intentamos aplicarlo a la estructura de la lucha electoral nos encontramos con un Universo que podríamos llamar ‘estructura partidaria’ en el cual sus subdivisiones, Particularidades que podríamos llamar ‘partidos políticos’ se encuentran en pugna, en un debate en el que lo que prima no es otra cosa que la ideología. De más está decir que desde todos los lugares se cree tener la razón, e incluso espacios con discursos manifiestamente cercanos – cuando no idénticos - entre sí se esfuerzan desesperadamente por diferenciarse unos de otros. Y bien, en este orden de cosas se hace evidente que la discusión no tiene más futuro que su presente.

Cuando lo que prima es la Ideología como armazón absoluto, la Política como expresión original y como espacio natural de debate no tiene lugar. De la misma manera, cuando lo que prima es la Moral, el acatamiento de la regla o del juicio de valor que determina ‘lo que está bien’ versus ‘lo que está mal’, como única manera posible de abordaje, la Ética como instrumento que introduce la novedad por fuera de todo cálculo queda fuera de juego. En otras palabras, lo que está en juego es el entrecruzamiento entre el ‘saber hacer’ según las reglas del arte, según la norma, según lo que está bien y lo que está mal, según el manifiesto partidario y el ‘saber-hacer-ahí-con’, es decir: la importancia de la situación Singular, de ese contexto como condicionante del hacer.

En psicoanálisis hablamos del Sujeto como singularidad, y por eso somos tan rehaceos a la standardización, la numeración, la búsqueda de la regularidad. Es que en la clínica psicoanalítica, lo que nos importa no es lo que ese tipo o tipa que habla delante de uno o tirado/a en el diván tiene en común con el resto de la población, o qué quiere decir para los manuales o el sentido común una palabra o frase determinada, o qué efectos debe tener, según lo que le pasa al resto de los tipos o tipas, una separación, una pérdida o una uña rota. Lo que nos interesa es esa historia, la de ese sujeto, la significación que él da a sus vivencias, palabras, frases, los efectos que en él tiene esa separación, esa pérdida o la rotura de esa uña. Y todo esto, en la clínica, ocurre en un lugar y tiempo, - vale decir: en un contexto - bien circunscritos, que se puede sintetizar con una palabra: la sesión. O, mejor: la situación analítica. En esta línea, la intervención del psicoanalista se apoya en este material, con la intención de abrir un espacio, un agujero, una interrogación. La intervención se apoya en la Ética y como tal, apunta a la sorpresa y consiguiente apertura que genera el sinsentido y, desde allí, a la novedad, al movimiento.

La Ética, como la Política, tiene lugar en el momento en que surge lo no-calculado, lo espontáneo, que sorprende y lanza la pregunta expandiendo así el Universo hasta ese momento posible, dado que se ha introducido una opción no prevista. La Moral, la ideología, por su parte, se mueven en el terreno de lo dado, de lo acatable, de lo estanco, literalmente: al pie de la letra, y sin riesgos. El truco está en no sólo ‘saber hacer’, sino en, además, que este ‘saber hacer’ sea ahí-con. Y no es casual que Jacques Lacan exprese que, en la dirección de la cura, existen tres niveles a tener en cuenta: el de la Táctica, el de la Estrategia y el la Política. Cada uno de estos niveles implicará diferentes grados de libertad para el psicoanalista: La Táctica será el de mayor libertad, en tanto se trata de la intervención como singularidad, única; la Estrategia tendrá un menor grado de libertad, en tanto se trata de una especie de plan a largo plazo que consiste en la transferencia (tema para otro artículo). Finalmente, la Política será – para el analista - el nivel en el que se contará con menos libertad dado que, como condición de posibilidad de los otros dos niveles, se identifica con la Ética: saber-hacer-ahí-con. Lo que siempre digo: callarse la boca y escuchar será lo que nos dará la pauta para saber cuándo hablar y qué decir... y que no.

Política y Ética se encuentran, entonces, íntimamente emparentadas, siendo condición de posibilidad de Estrategias a largo plazo que, a su vez, condicionarán las Tácticas utilizadas en cada momento. Siguiendo este pequeño esquema podemos deducir que en las Tácticas se puede leer la Estrategia, y que esta dará cuenta de la Ética, del tipo de Política en que las primeras se sostienen.

Por lo tanto, queridos amigos, si queremos dar el debate político, mejor que elijamos de manera responsable. Porque, y esta sorpresa la dejé para el final: La Ética, la Política es responsabilidad. Quiero decir que con nuestra elección de este domingo seremos responsables no sólo por sentar a fulano o mengano en el sillón de Rivadavia o en una banca en el Congreso para después aplaudirlo por sus aciertos o apedrearlo por sus errores, sino también de cada una de sus acciones, incluidos sus aciertos... incluidos sus errores.

lunes, 17 de octubre de 2011

A un año del rescate de los 33 mineros - Entrevista

A un año del rescate de los 33 mineros chilenos que quedaran atrapados durante 70 días bajo las ruinas de la mina San José, a más de 700 metros de profundidad, y ante el inevitable re-avivamiento del show mediático, cabe preguntarse ¿cuáles son hoy, en la piel de los protagonistas, las consecuencias del desafortunado episodio?

Comparto la entrevista que me realizó sobre el tema Geraldine Murisasco para el programa radial "Estamos de Regreso", que sale por Radio UBA (online o FM 87.9) de lunes a viernes a partir de las 16hs.




jueves, 1 de septiembre de 2011

No más que preguntas. Candela Rodríguez... y algunos cientos más.

Por Víctor Spinelli

Hoy no escribo para hablar de psicología ni de psicoanálisis, aunque es cierto el tema da mucha tela para cortar. Quizás con el tiempo, a la distancia, sea más fácil. Hoy escribo para hablar de actualidad y, sobre todo, para invitarlos a reflexionar para que, entre todos, podamos comprender mejor qué es lo que está ocurriendo.

Quiero hablar sobre una actualidad que no entiendo, una actualidad que cada día me parece más inconcebible, aunque muchos parecieran comprenderla perfectamente. A decir verdad - y entre nosotros -, las explicaciones no me convencen ni un poco. No soy fácil de satisfacer. Además, hoy, sería de una profunda irresponsabilidad darse por satisfecho.

Candela Rodríguez
Ayer, luego de 9 días sin noticias, encontraron a Candela Rodríguez asesinada brutalmente, su cara desfigurada, su cuerpo abandonado en un baldío, dentro de unas bolsas de residuos. Candela tenía 11 años, y había desaparecido el lunes 22 de agosto cuando se dirigía a un encuentro con su grupo scout. Nunca llegó a su destino.

No surgen más que preguntas ¿qué está pasando? ¿qué NOS está pasando?. Creo prudente que así sea: Intentemos, por una vez, plantearnos preguntas. Lacan decía que nosotros, los psicoanalistas, estamos para alojar a aquellos desdichados que se hacen preguntas. Y, en efecto: hacerse preguntas lleva en muchos casos a la desdicha, al menos cuando las preguntas tocan algo de lo real, algo que importa, cuando ponen en juego una verdad inabarcable, intratable por el lenguaje más cotidiano, más irreflexivo, aquel del sentido y los lugares comunes, los proverbios, las frases hechas. Se entenderá, pues, que este artículo parezca no llevar a ningún lado, no decir nada... Hoy no hay más que preguntas y desdichados sujetos preguntando, preguntándose: ¿Qué está pasando? ¿Qué NOS está pasando? A pesar de las apariencias, si se logra dar a estas preguntas todo su valor la ganancia será, en todo caso, inconmensurable. Preguntarse hace bien, aunque duela. 

Como el de Candela Rodríguez existen cientos de casos que no salen a la luz, o que si lo hacen, no tienen semejante trato mediático. En muchos casos - y no sería raro que este corra la misma suerte - los hechos son condenados a la amnesia voluntaria en pocos días. Después de todo ¿Qué importa? ¿Qué NOS importa? ¿Nos toca? Hoy todos lloramos a Candela, mañana tenemos que pagar la tarjeta de crédito. Debemos volver al funcionamiento maquinal.

Es probable que en los próximos días cientos de librepensadores, intelectuales, profesionales, etc., intenten hacer un perfil del caso y del o los asesinos, tentando explicaciones de lo ocurrido manoteando la perversión, al goce, la psicopatía. Ya he escuchado a algún especialista, al referirse al llamado extorsivo que todos escuchamos,  hablar de la voz como medio de dominio y del goce sádico asociado a dicho dominio. Van a salir varios más. Por mi parte, la experiencia me ha llevado a desconfiar, o al menos a ser prudente, con los tipos que no tienen más que respuestas, aquellos que nunca se hacen preguntas.

Mi propuesta - es una propuesta, aunque recomiendo asumir el riesgo -, entonces, va a ser otra: la de pensar, reflexionar, PREGUNTARNOS, qué NOS está ocurriendo a cada uno de nosotros, cuál es nuestra responsabilidad como ciudadanos pero, sobre todo, como sujetos en todo esto, en esta realidad, en los tiempos que estamos viviendo como sociedad.

lunes, 4 de abril de 2011

Psicoanálisis: de elites, distorsiones, responsabilidades y palabras raras

Por Víctor Spinelli

Si de algo se lo ha venido acusando al psicoanálisis (entre taaaantas otras cosas) es de ser una teoría elitista, sobre todo en lo relativo al lenguaje que utiliza para transmitir sus conceptos. Este débil razonamiento se apoya en que si una teoría usa un lenguaje “complicado”, no es accesible a todos, sino sólo a una élite que pareciera entender ese lenguaje tan ajeno a la humanidad, como si todo el que  lo utilizara de manera más o menos adecuada hubiese nacido hablando raro, y con una capacidad extra sensorial para entender a Freud o a Lacan, u otros referentes: ser psicoanalista- parece- es innato.

Esto resulta interesante: lejos de criticar la teoría como tal (sus conceptos, sus vías alternativas, sus vueltas, sus fundamentos), se critica su estilo “complicado”, “difícil”. Podemos deducir, quizás, que quien critica el estilo, no ha llegado al punto de revisar la teoría ¿cómo hacerlo si se queja de no entender lo que lee? Paréntesis: sería muy positivo que esta queja básica no apuntara a defenestrar la teoría, sino que partiera de un genuino interés por entenderla, y a partir de allí elegirla o desecharla.
Sin embargo, a pesar de que la crítica me parece liviana, además de ser una escapatoria fácil y rápida, voy darle algo crédito: existen psicoanalistas que, una vez adquirido cierto lenguaje técnico, parecieran quedar atrapados en una especie de burbuja tecnicista… pero ¿no ocurre esto con toda disciplina con un lenguaje técnico específico? Igual: no quiero caer en la justificación fácil.

De todas maneras, están aquellos que se cubren de esta dificultad de la siguiente manera: no se puede explicar de otra manera: se trataría de una vulgarización innecesaria y que se alejaría de la teoría verdadera: hay palabras que no se pueden reemplazar (Por mi parte, leí en algún lado que entender es poder explicar con las propias palabras). 
Los detractores, por su parte –con eterna esa voluntad anti-aporte –, aprovechan el agua para su molino: “si no todos lo pueden entender, no es para todos”… confundiendo el lugar del profesional con el del lego, como si no hubiese que formarse largos años para entender determinadas cuestiones (¡entendámoslo de una bendita vez!: hay posiciones en las cuales lo innato no puede evadirse)... y como si, aun así, no ocurriera que muchos que se forman durante largos años salen sin haber entendido nada.
De todas maneras, todo sujeto tiene en sus manos la posibilidad de adentrarse o no en determinada disciplina, sin que tenga por esto que convertirse en profesional. Lo problemático no es lo que el lego – el “no iniciado”- haga con lo que escucha o lee sobre una teoría, sin haber profundizado debidamente en ella. Lo que me parece más importante es lo que hace con los conceptos de la disciplina quién, efectivamente, se forma en ella: Es aquel, en definitiva, quién ejercerá la profesión; no quien lo vaya a consultar. Entonces, me gustaría separar las cosas, sobre todo cuando no son lo mismo.

Por un lado, tenemos este "efecto de vulgarización", atribuido a la bajada de los conceptos técnicos específicos a un lenguaje coloquial, por decirlo de alguna manera. Disiento con que esto constituya una vulgarización en el sentido peyorativo del término: Lo vulgar no en sí negativo… en todo caso: es poco elegante. Disiento principalmente por dos razones:

Primero, no creo que esté mal intentar bajar conceptos que muchas veces son en sí mismos complejos y difíciles de abordar, sobre todo cuando uno no está en tema, pero incluso cuando uno está en tema: incluso quién se forma en psicoanálisis fue en algún momento un completo ignorante en la materia, como todo: nadie nace sabiendo, y como acá se viene perfilando, además de las intenciones que pueda tener un autor con su estilo, también sabemos que la cuestión de "lo complicado" tiene un componente subjetivo del que intenta entender lo que lee: a veces no es que “tal escriba o hable complicado”: a veces -sólo a veces- pasa que “tal no entiende lo que lee, por más simple que sea”. (¿también será innato?)

Entonces, no me parece mal que se baje a lo coloquial, dado que, por otra parte, lo complejo de ciertas cuestione teóricas mal entendidas por no ser debidamente explicadas y despejadas, derivan muchas veces - las más de las veces- en prejuicios infundados, o peor: únicamente fundados en el malentendido… Y ¿cómo hacer entender que siempre se trata de un malentendido sin caer en la propia trampa?
De todas maneras, no se trata de convencer a nadie de nada. Ya lo dijo Dolina: “quien trata de convencer en media hora, no intenta convencer, intenta intimidar” 

Segundo punto: Siempre – y no tengo dudas al respecto: siempre - que aparece una teoría revolucionaria, que conmueve los paradigmas de la época, sus conceptos fundamentales suelen traspasar los límites de su ámbito, y terminan por instalarse en la sociedad, asimilándose con el tiempo a la cultura.

En este sentido, pensar esta supuesta vulgarización de los conceptos psicoanalíticos, nos puede hacer pensar en lo revolucionario del trabajo de Freud. Si la teoría no tuviese importancia alguna, no saldría de su bunker elitista. Pero esta un arma de doble filo: puede dar lugar al malentendido del que hablé arriba, por el efecto "teléfono descompuesto". Aunque, repito, esto no creo que sea un gran problema. "La gente" no es la que tiene que estar sentada frente a un paciente y velar por su salud mental: esa parte le toca al profesional, y por lo tanto, su formación es la que importa.

Lo que creo realmente grave no es esa supuesta vulgarización lega, del discurso cotidiano, de ese abstracto que algunos llaman "la gente". Lo que más bien me preocupa es la tergiversación: la desfiguración o interpretación errónea, lo cual ocurre, históricamente, cuando quien intenta formarse, o fundamentar una crítica, en su atolondramiento, no se toma el tiempo para revisar y analizar lo que se lee.
Volvamos al caso de los profesionales, que es el caso que debe ocupararnos, porque se trata de los encargados de tratar con la salud mental, y una distorsión de la teoría o de la técnica, decantan en todo caso en la distorsión de la praxis, y viceversa.
A esto hay que prestarle atención dado que aquel que, como "profesional que sabe" se convierte en referente sobre la cosa, en caso de distorsionar la teoría, estará refiriendo las cosas de manera errónea.

Están también quienes justifican: "escribo complicado para que no se me tergiverse". Lacan  era un caso y, curiosamente, en este punto era más claro y categórico que Freud.
Freud era claro, sí... pero también decía: "como no escribo para la clientela, me tiene sin cuidado que no me entiendan". Así y todo, se escuchan quejas sobre Lacan, a la vez que se reclama melancólicamente la simpleza de los textos freudianos. Y bien: si algo ha quedado claro es que, si los textos de Freud son tan simples, muchos han dado y aun dan testimonio de una absurda incapacidad para su lectura, llegando a suponer, por ejemplo al analista como modelo a emular.
Entre nosotros, que no se comente, pero: lo cierto es que Freud es bien complejo, y la tendencia a dejarse fascinar por su estilo ha hecho caer en la ilusión de lo fácil a más de uno.

Así y todo escuchamos que el psicoanálisis, ya desde sus comienzos, reboza de conceptos ambiguos y poco precisos, y que se prestan a adaptarse a cualquier situación de manera tramposa.
Por mi parte, no creo que el problema en Freud tenga que ver con alguna falta de precisión en sus conceptualizaciones. En todo caso: el lenguaje coloquial no es preciso y Freud no era coloquial, sino que refería a las definiciones concretas de las palabras. Además, estaba persuadido de que las mismas son pasibles de ser contextualizadas: que pueden tomar diferentes significados según el contexto, por lo que en todos los casos se encargaba de dejar bien en claro el uso que haría de este tesoro llamado "palabras".

Cuando Freud comienza a hablar de la sexualidad del niño, se mete automáticamente en un terreno ya de por sí delicado: ¡¿cómo va a decir que los niños tienen sexualidad?! Los puristas suelen estar seguros de que la moral es natural en la especie humana (otros innatistas)... y por ahora no me voy a meter con la hipocresía erótica del Siglo IXX. Cuando Freud dice, por ejemplo, que la sexualidad del niño es perversa y polimorfa, no hay confusión posible cuando se sabe qué quiere decir cada palabra: Perversión, no quiere decir "práctica sexual contraria a la moral de la época", sino que refiere a prácticas del orden de la sexualidad que tienen por objetivo algo distinto que la reproducción de la especie.
La palabra Sexualidad, por su parte, aplica a toda práctica que genere placer, y no especialmente al uso sexual de los genitales, si bien incluye este uso. En todo caso, el error es de quien confunde “genitalidad” con “sexualidad”. Salvando el error, pensar un niño perverso y polimorfo aplica perfectamente, dado que el niño realiza prácticas placenteras y que no tienen como objeto la reproducción de la especie. Y su perversión es polimorfa, porque esta búsqueda de placer puede manifestarse de muchas (poli) formas (morfos): masturbación, chupeteo, caricias, etc.
Entonces, este es un punto importante: A Freud lo leyeron como si fuese coloquial, y esto derivado de una fascinación por su estilo literario, cuando en realidad, él era muy preciso en términos técnicos y conceptuales.

¿Qué pasó cuando Freud usó la palabra Trieb (pulsión) en vez de Instinkt (instinto)? Un lio, y todavía muchos buscan igualarlas, porque instinkt se entiende, mientras que trieb... no tanto, porque no es instinkt… aunque se podría abordar y empezar a captar algo de la trieb, si se entendiera que no es el instinkt. En cambio, se la fuerza conceptualmente para ser instinto, y como no se adapta se la critica y se la desecha: curiosamente,  trieb  (pulsión) es uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, uno de los cuatro que Lacan delimitó: inconsciente, transferencia, pulsión y repetición.

Esto me lleva a preguntarme ¿Tergiversó Lacan a Freud?. Es una buena pregunta, porque las malas lenguas dicen que Lacan hace decir a Freud cosas que Freud no dijo. Retomo entonces la pregunta ¿Tergiversó Lacan a Freud? 
Una lectura rigurosa y sin despecho, nos permite asegurar que no. ¿Por qué estoy tan seguro? Espero, con mi argumentación, poder despejar algunas críticas absurdas, que rezan generalmente así: "Ah, entonces, ¿cómo es que Lacan hace verdadero psicoanálisis, si también critica y se corre de Freud en muchos aspectos?".

Bien, la realidad es que los conceptos de Lacan se ajustan de manera más que adecuada a la conceptualización freudiana, en la medida que de aquellas derivan. Si uno hace una lectura cuidadosa, efectivamente, es cierto: "esto está en Freud", o "Esto no lo digo yo, lo dice Freud", como dice Lacan muchas veces.
También tenemos un Lacan que en un punto de su enseñanza (a partir del Seminario 10: La Angustia) comienza a desarrollar conceptos propios, originales... o mejor dicho, desarrolla un concepto propio, quizás el único: el objeto (a).

Si seguimos al francés, vemos que el camino hasta y desde el objeto (a) está plagado de críticas y oposiciones al maestro vienés... Pero hacer de esto una crítica se vuelve absurdo en boca de quienes no saben captar esto: Que lo que Lacan suele denunciar en Freud, suele hacerlo desde la propia teoría freudiana, con esta lógica: "Si ud. Freud, dice que tal cosa es de tal manera, entonces, ud. mismo está faltando a su propia doctrina". En efecto: es más papista que el papa. No iba a ser Freud quien se salvara del señalamiento de su tropiezo.

Unos ejemplos prácticos: Lacan critica duramente muchos historiales freudianos:

- En Dora, critica haberle insistido a Dora en que estaba enamorada del Sr. K.
- En Elizabeth Von R., haberle insistido en que debía casarse con su cuñado.
- En El hombre de los lobos, el haber insistido en encontrar una escena que no estaba en el discurso del paciente. Esto que decantó en el desencadenamiento de una psicosis tardía.

Son varias críticas, pero una misma estructura en todas: Lacan le critica a Freud no haber respetado los principios que él mismo consideraba fundamentales y que hacen a la ética del psicoanálisis: neutralidad y abstinencia. 

¿Por qué derrapó así Freud? Lacan lo capta y lo dice claramente, sin complicaciones: Hay algo del deseo de Freud que no fue analizado... El camino de Freud fue el autoanálisis, aunque él mismo dijera que el análisis propio era una condición necesaria para todo aquel que se quisiera formar como analista. Ahora, me pregunto ¿son estos yerros condenables? Me gusta pensar esta respuesta como la siguiente paradoja: ¿puede Dios, siendo omnipotente, crear un ser más poderoso que él mismo? (Y para quien buscando evitar la cuestión se centre en la palabra Dios: no, no creo que Freud sea Dios: en la pregunta hay una lógica paradojal en juego a la que vale la pena poner atención).
No es casual que estos tratamientos hayan terminado como terminaron: el que no desencadenó una psicosis, huyó rápidamente el tratamiento. Con lo cual, estos errores del padre del psiconaálisis constituyen también eso que se dice "la excepción que confirma la regla": no ejercer la práctica dentro de los estrictos límites de la neutralidad y la abstinencia llevan llevan a lo peor. 

Esta desviación del artículo tiene un sentido: Se dice que Lacan escribe complicado, y que hace decir a Freud cosas que no dijo.

Pero a mí no me parece mal que Lacan escriba como escriba, sobre todo si tomamos en cuenta la enseñanza que nos deja lo ocurrido con Freud. En esta lógica, deduzco que lo llamado lo complicado es en realidad lo no-coloquial.

No creo que con la física- por ejemplo- ocurra algo muy distinto: para cualquiera que no esté en el ámbito (me incluyo), los conceptos de la física son chino básico, entonces "son complicados", mientras que para quien anda en el tema, es como su lenguaje "nativo". También están los que, siendo parte del colectivo físico andan diciendo cualquier cosa sobre las teorías de los demás. Entonces, para no generar confusiones, la física crea fórmulas matemáticas... aunque eso, de todas maneras, no exime al lego del no entendimiento de la física.

La conclusión es que hay que estar en tema... o al menos contar con el deseo de estar en tema... o ni siquiera eso: basta con estar al tanto de que las cosas pueden ser distintas, existen otras maneras.
Dicho todo esto, diría que Lacan no "escribe complicado", sino que más bien es "rebuscado" cuando escribe.

Hoy estoy dolinesco, así que me remito de nuevo a él, que lo escuché decir algo así: 


“Cuando le decimos a los pibes que estudien, les decimos que así van a tener un futuro, un buen trabajo, van a poder tener guita. Pero lo que deberíamos decirles es que si se foman, que si estudian, si se cultivan, van a tener más y mejores placeres”


domingo, 20 de marzo de 2011

Aproximación práctica a la sugestión directa

Les dejo un interesante y sencillo ejercicio mediante el cuál se pueden dar una idea, por un lado, de cuán susceptible puede ser uno a la sugestión directa, y por el otro, cómo la voluntad, la consciencia, en una palabra: el yo, no siempre es quien manda.

Nota: el video está en inglés, pero bien bien básico.

lunes, 7 de febrero de 2011

Entrevista inédita a Sigmund Freud

En esta ocasión quisiera compartir con ustedes esta entrevista inédita al padre del Psicoanálisis, Sigmund Freud, en la cual el maestro austríaco aborda algunos de los temas y conceptos más importantes  y complejos de su teoría y su clínica, bajándolos a un lenguaje claro y comprensible.

Entre otros temas, aborda el Complejo de Edipo, El chiste y su relación con el inconsciente, el trauma; e incluye un interesante comentario sobre la psicología del Tercer Reich: Adolph Hitler.

Además, es muy divertida. ¡Qué la disfruten!


domingo, 9 de enero de 2011

Normal, Anormal... ¿Furor diagnóstico?

Por Víctor Spinelli

El debate sobre la normalidad y la anormalidad no es nuevo. Tampoco es exclusivo del campo de la psicología, a pesar de que la tendencia sea intentar adueñárselo.

Lo cierto es que filósofos, sociólogos, antropólogos y todo tipo de científicos han intentado dar una respuesta más o menos coherente al respecto. Algunos lo han logrado, otros no tanto, pero eso no es lo importante en este caso, dado que no vamos a debatir las diversas concepciones de la normalidad y la anormalidad. La idea de este artículo, si bien toca de cerca a esta temática, es completamente otra: Se trata de pensar cómo dentro de este campo la categoría de anormalidad gana cada vez más terreno, terminando por delimitarse una anormalidad (vale decir: lo que sale de lo convencional: tanto lo que sale de "lo normal" como de "lo normativo"), digamos, cada vez más normal.

Hace algunas semanas, viendo televisión, me topé con un informe dedicado exclusivamente a una pareja de hermanas mellizas, ambas con diagnóstico de autismo- Síndrome de Asperger, para ser más exactos-, pero que eran dueñas de un especial don: podían traer a su memoria, casi al instante, absolutamente cualquier recuerdo: nombres de canciones, de personas, de programas de televisión y radio, fechas y horas exactas de diversos eventos lejanos y cercanos en el tiempo, así como también los eventos mismos con un detalle que tocaba lo absurdo. Una nota: Si bien este esbozo de anécdota puede recordar al desgraciado Funés, el Memorioso; a las hermanas se las veía muy contentas de recordar tantas cosas. Se sentían especiales. Retengan esto.
Sin embargo, los especialistas no dudaron en diagnosticar, además de autismo, lo que Darold Treffert ha dado en llamar Síndrome del Sabio: un estado patológico según el cual algunas personas con desórdenes mentales, pese a sus discapacidades físicas, mentales o motrices, poseen una sorprendente habilidad o habilidades mentales específicas. Y si nos ponemos más específicos aun, esta profunda agudeza de memoria, también tiene su nombre formal: Hipermnesia: que sería algo así como un sobre-recordar, recordar demasiado, más de la cuenta: más de lo normal.

¿A qué vienen estos datos? A que me resulta sumamente curioso este embrollo, al que no sé si llamar furor diagnóstico o furor nominativo (o mejor aun: furor tranquilizador): o se trata de ponerle a todo un diagnóstico médico, o simplemente de que todo debe tener un nombre. Sea cuál fuere el caso, se trata de cualquier manera de perspectivas alienantes: soy esto, soy lo otro; tengo esto, tengo lo otro. Eso, lo sabemos, se traduce en: Carlitos tiene esto, o tiene lo otro... y de allí a: Carlitos es esto, o es lo otro; por ejemplo: Carlitos está loco.
Yo, como siempre, no tengo más que preguntas. A Dios gracias, siempre me topo con gente que no tiene más que respuestas.
Entonces, ¿en qué medida tener semejante memoria, por ejemplo, puede ser una patología?  Entiendo, en todo caso, que semejante memoria puede resultar sumamente poco convencional... tan poco convencional como Cristobal Colón insistiendo con que la Tierra era redonda. Pero: ¿un estado patológico? Otra nota: la palabra patología deriva de las palabras griegas logia- estudio- y pathos- sufrimiento, daño-; es decir que, en su raíz, la patología se define como el estudio del sufrimiento. En lo respectivo a la salud, sería entonces la rama dedicada al estudio de las enfermedades como procesos o estados que causan sufrimiento, daño, deterioro.

Antes pedí que retuvieran que las hermanas estaban sumamente contentas con su condición. Funes, en cambio, no era feliz: todas las mañanas, al mirarse al espejo, se veía profundamente cambiado, dado que recordaba en detalle su rostro del día anterior. Pero este no es el caso: ellas son felices, veían (vivían) su memoria como un don. De todas maneras, el ejemplo de la hipermnesia, fue sólo para entrar en tema. Pueden investigar, pero existen otras de estas categorías con dudosa etiqueta patológica.

Creo que vamos camino a la enfermedad colectiva. Hoy en día, todo comportamiento tiene un nombre más o menos patológico. En lo que se refiere específicamente a salud mental, digamos que, al parecer, según los que tienen la posta: todos estaríamos un poco locos. Lamentablemente para ellos, no todos sufrimos... Aunque suele ocurrir que los demás sufran por uno: la vergüenza es un buen ejemplo. También los hay más crudos.

Curiosamente, al psicoanálisis, más de una vez se lo ha acusado- entre otras cientos de acusaciones- de esta suerte de furor diagnóstico: que para los psicoanalistas, el que no es psicótico, es neurótico (o perverso) por ejemplo, y viceversa. Se han apoyado incluso en dichos de Freud, quien ciertamente ubica a la neurosis del lado de la normalidad. Lamentablemente, el atolondramiento y las respuestas anticipadas suelen ser buenos profetas de la equivocación.
Si nos atenemos a la definición arriba expresada de la patología, nos encontramos con que el sufrimiento, el daño, el deterioro, son claves a la hora de diagnosticar una enfermedad. El HIV, por ejemplo ¿Es una enfermedad? No, es un virus. En el peor de los casos, el virus HIV puede causar de una enfermedad, el SIDA, con todas sus cuestiones. De todas maneras, esto no salva las distancias, ni absuelve del fundamento: Cuando Freud habla de la neurosis como la normalidad está hablando de una cierta organización psíquica, una organización en la cual ha tenido lugar el mecanismo que él llama represión, y se han podido constituir un aparato psíquico más o menos estable, organizado. 

Lacan procura ordenar esta cuestión porque, como suele decir, Freud nos ha dejado muchas cosas sin responder. Entonces, el maestro francés vuelve a la obra freudiana, y habla de estructuras subjetivas; dice que hay tres estructuras subjetivas posibles: la neurótica, la psicótica o la perversa. Pero cuando Lacan habla de estructuras subjetivas, de ninguna manera está hablando de patologías, sino más bien de tipos de organización subjetiva que no implican, de ninguna manera, ni el desencadenamiento de una psicosis clínica, ni el estallido de una neurosis, ni el establecimiento de la perversión como manera privilegiada de goce.

Un pequeño ejemplo: Hace algunos años charlaba con un amigo, en casa. Cerca nuestro, en una mesa, estaba la base de un teléfono inalámbrico. Sin embargo, el teléfono no estaba en su base, como debía ser, sino que descansaba sobre la mesa, a escasos centímetros de la base. A medida que la conversación avanzaba, pude notar que mi interlocutor estaba algo distraído- uso esa palabra porque decir nervioso sería demasiado-. La conversación continuo durante largos minutos, hasta que no aguantó más: a la vez que me decía perdón, pero tengo que hacerlo, mi querido amigo tomaba el teléfono rápidamente y, aliviado, lo acomodaba en su base. ¡Ahora sí!, exclamó, y suspiró... luego me miró, y ambos comenzamos a reírnos. Mi comentario fue: ¡Ah! finalmente, mostraste la hilacha.

¿Basta este singular hecho para hacer un diagnóstico de enfermedad mental? ¡No, claro que no! ¿Basta para reconocer la estructura subyacente? Voy a ser audaz: Si, sin lugar a dudas. Así como el ojo experimentado puede reconocer cualquier especie de planta con tan sólo tener acceso a un pequeñísimo trozo de hoja- dado que la estructura de la planta, se repite íntegra en cada uno de sus elementos-, el oído entrenado puede reconocer la estructura subjetiva detrás de la manifestación. Pero, entonces ¿Este amigo mio, está loco? A decir verdad, todavía no ha dado señales claras.

Entonces, arriesgándome a una simplificación que aunque necesaria puede ser malentendida, voy a decir que se trata de tendencias. Por eso es que Lacan afirma que "no se enferma quien quiere, sino quien puede": debe existir cierta predisposición a la enfermedad, no basta con que la subjetividad esté estructurada de una u otra manera.

A esta altura, quizás parezca que me fui de tema. Y aunque las apariencias engañan, en este caso es posible que sean sinceras: tenía mucho para decir. De todas maneras, aun no he dicho todo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Al Pan, Pan; y al Vino, Vino

Por Víctor Spinelli

Como he dicho varias veces, los psicólogos no somos los profesionales con mejor prensa. Entre otras, una de las críticas (prejuicio) que se nos suele hacer -como todas, en realidad- toca directamente a la técnica:

"para ir a hablar con un tipo, que encima no lo conozco, y contarle mis problemas, para eso hablo con un amigo."

Ciertamente, hablar- el sólo hecho de hablar de lo que nos ocurre- alivia el padecimiento. Esto no es ninguna sorpresa. Y la crítica sería más que justificada si hacer terapia se tratara- efectivamente- sólo de hablar. Pero las cosas son un poco más complicadas, dado que no se trata sólo de eso: lo importante es que, además de hablar un montón, se diga algo que importe. Jacques Lacan díría "Algo que importe en lo real". Es decir, algo que toque a la cosa que molesta, algo que diga del padecimiento.
Así reformulado, se puede entender que nuestro trabajo como profesionales de la salud mental sea escuchar. No oir, sino escuchar; diferencia que vengo machacando en varios artículos, pero que nunca está de más recordar, por dos razones principales: primero, porque es fundamental, la escucha es la técnica del psicólogo; y segundo, porque muchos profesionales suelen olvidar la primera razón (aquellos profesionales que terminan por ser justificación de los prejuicios más absurdos, haciendo de la disciplina una caricatura)

Entonces, dicho esto ¿Qué justificaría ir a hablar con un psicólogo y no con un amigo? ¿Qué puede decirnos un psicólogo- luego de escucharnos- que no pueda decirnos un amigo? Eso depende de qué esté uno dispuesto a decir, y de qué el profesional pueda escuchar.
Pero, como psicoanalista, me veo obligado a recordar y seguir insistiendo sobre una cuestión básica, pero no por eso menos fundamental. Son unas palabras de Lacan, que dicen así: "El psicoanalista sin duda dirige la cura. El primer principio de esta cura (...) es que no debe dirigir al paciente.", lo que, en criollo, quiere decir que no estamos para decir al paciente qué debe hacer con su vida- qué es lo mejor para él-, ni para darle consejos, ni para realizar juicios o valoraciones morales, ni para educarlo. Estamos para escucharlo y dirigir la cura, a partir de esa escucha.

Lamentablemente, existen aun profesionales que entienden que su título los habilita como ejemplos de vida, sabios consejeros, maestros, guías espirituales y/o educadores. Y hay pacientes que buscan exactamente eso ¿El resultado? Un profesional con el ego inflado hasta casi explotar y un paciente que no va a ningún lado más que a la fascinación y consecuente identificación con su nuevo modelo de ser humano. Lo cual no es muy distinto a aquel amigo que uno escucha  hipnotizado, deseando que todo fuese tan simple como su sanción.

El amigo siempre tiene algo para decir, una solución mágica... pero que en muchos casos aplica para él mismo, y no para quien lo consulta. Mientras que el psicólogo- en el mejor de los casos- debe poner todo su empeño en escuchar al consultante, y no estar pendiente de qué fórmula de su propia vida, o que funcionó con otros pacientes, puede ser la salvación. Más aun: es su deber ético prácticamente olvidar su propia vida por un rato: neutralidad y abstinencia quieren decir exactamente eso: que el profesional, cuando atiende, no es Carlitos Pérez, con 3 hijos, un perro y una hipoteca por pagar. Atender viene de atención, entonces, cuando se atiende se debe prestar atención; a lo que el paciente dice, no a lo que nosotros pensamos, o a lo que vamos a decirle cuando haya un stop en su discurso. Sólo si escuchamos, vamos a poder ayudar. Y ayudar, en nuestra profesión, no es dar soluciones mágicas, efectivas por su rapidez (aunque de corta duración), sino más bien dirigir al paciente al encuentro con su responsabilidad en el asunto, y a partir de allí, con la solución.

Finalmente, quiero dejar claro que los amigos son- efectivamente-, en muchos casos, la solución a todos nuestros problemas. No porque tengan la solución, sino por el hecho mismo de existir y estar allí para escucharnos... a su manera, pero nunca está de más agradecérselos.

Introducido el tema, los invito a ver estas publicidades muy divertidas, pero no sin antes señalar que, si bien el amigo puede puede ser considerado muchas veces un psicólogo sin título; la función del psicólogo no es- bajo ninguna  circunstancia- ser un amigo con título.